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Siempre me llamó la atención esta foto. 

Uno recibe los recuerdos de la niñez en tercera persona: se miran las imágenes, se analizan, se interpretan inmodificables.

Ese hotel en Córdoba; el olor a familia; la mano de mi viejo conteniendo mi todo; un verano sin heridas; la frescura de mi mirada.

Mucho más me sorprendí hoy, al descubrir sin querer, que mi viejo tenía los 33 años que hoy tengo yo. Los mismos, y tan distintos.

Feliz día viejo!

Dos calandrias




Pensaba que era el sol de las cinco. Los veranos nos llevan a esa idealización climática, a creer con fe casi ciega en la duración de los días, en la utilidad de las noches. El truco era recurrente cada año. Me sabía conocido y engañoso ese adolescente olor a vacaciones que deambula por la ciudad. Por eso, mientras juntaba las facturas y sumaba con puntillosidad las cuentas pendientes, no debí confiar en que era la luz de su piercing lo que me inquietaba, cada vez que el calor de la tarde se filtraba por el balcón, dándole de lleno en la nariz.

Había sospechado de la armonía. Las seguridades siempre me hicieron ruido: ese lugar común donde nada vale la pena discutir, una forma de regresión a la niñez. Sin embargo, la combinación que entregaban su pelo recién bañado golpeándole la espalda y su perfume en cantidades imperceptibles me colocaba del lado de los mortales. Por eso, creí erróneamente que tal simbiosis era la responsable de mis cavilaciones, mientras juzgábamos que el último aumento semestral nos obligaría a una pronta mudanza.

Caminábamos juntos desde largo rato, convivíamos hace dos monoambientes. Por eso, no debí acusar a sus ojos, cuando se fijaban en el cielo o en el techo del dormitorio, arañando alguna duda. No era apropiado adjudicarle culpabilidad a su brillo, tierno y triste, cada vez que buscaba la razón de mi perdición por ella.

Las sábanas y las acuarelas renacían azules esas mañanas en que el amor hacíamos y deshacíamos, en que los cuerpos se fundían y sublimaban. Tenía sobrados elementos para interpretar que eran sus manos, inquietas y colonizadoras, que recorrían mi todo, despejando cualquier preocupación. Así y todo, no debí tampoco acusarlas de mi empacho de romanticismo.
Había decisiones, aparentemente triviales, que había que tomar a diario. Nadie podría imaginar que calentar el café a fuego directo fuese sustancialmente distinto a hacerlo en el microondas. Sin embargo, yo estaba convencido: esos segundos de diferencia en alcanzar la temperatura deseada, esa insignificante variante del sabor que asignaban una y otra forma de prepararlo, ese sonar de un hervor natural, o el timbre de un aparato radiante condicionaban y modificaban irreversiblemente el resto de nuestro día. Si una inofensiva infusión podía descalabrar cualquier predicción de nuestros humores, cuán trascendente podría considerarse la elección del barrio donde asentarnos.

Fue, precisamente en un desayuno, donde encontré la verdad. La suya y la mía. Fue mientras me preguntaba si nos convendría despertarnos y asomarnos por la ventana a la Estación Belgrano, o tal vez, amanecer cada día en la costanera con el resplandor de la Setúbal, o seguir eligiendo el centro, tan ruidoso y cercano. Fue mientras la veía vestirse, todavía somnolienta. Fue segundos antes de que se sentase enfrente mío a compartir unas tostadas y un día más de vida. Ahí lo descubrí: era su rictus. La expresión que partía de la comisura de sus labios y levantaba vuelo hacia sus mejillas ahora se me presentaba reveladora, transparente. Aquella liviandad con que caían todos los pliegues de su cara, más relajada que cansada, me revelaba, por fin, todos sus misterios.
Fue después de un imprevisto beso sobre mi sien, cuando al fino olor de la mirra convertida en sahumerio se sumó la templanza de su voz.
"Somos afortunados, Nico. Como dos calandrias; nómades en el siglo veintiuno; podemos elegir dónde vivir. Y eso no es poco", dijo.

Un mes más de vida para el Che


"Dijo El Che legendario, como sembrando una flor:
al buen revolucionario sólo lo mueve el amor"
                                 Silvio Rodriguez, Tonada del Albedrío.


Faro de los postergados, Ernesto Guevara, nació antes de nacer. Destinado a contrariar los poderes económicos y morales, tuvo la osadía de ser hijo prematrimonial.

Sus padres, miembros de la aristocracia porteña, huyeron a Rosario, donde un médico amigo falsificaría su certificado de nacimiento, para que nadie sospeche del imperdonable pecado del amor temprano.

El Che, aunque nació un 14 de mayo, fue declarado sietemesino e inscripto exactamente un mes más tarde. Así, el mundo que buscó transformar, quiso compartir con él un otoño más que la historia oficial.


Picardía


 

Las mañanas sin café,
la heladera vacía.
Picardía.
Remolino de recuerdos,
este ingrávido abril.

Cruzar esa puerta y no encontrar,
tu amor y tus reproches.
Picardía.
Que no se conjuguen en futuro nuestros besos.
Y la distancia.

Olvidarme de tu nombre,
pero no de tu perfume.
Picardía.
Conformarnos con este empate,
cuando ganábamos por goleada.

Confiar en la belleza de la flor,
cuando el jardín aún está oscuro.
Picardía.
Una tarde gris sin mates,
unos mates sin tu miel.

El color de tu pijama,
coincidiendo con las sábanas.
Picardía.
Navegar por cualquier río,
amarrar en el mismo lugar.
 

Picardía que tus manos,
no conversen con las mías
Picardía el desayuno,
sin el pan de cada día.
Picardía, ya no verte.
Picardía, esta poesía.

Caminar la noche




La calle estaba vacía. Apenas un perro ladraba lejos, imperceptible. El viento de mayo despoblaba la ciudad ni bien el sol empezaba a despedirse.

Silbando sin público, caminé por Dorrego hasta la esquina del café. Los mozos también se sumaban al éxodo diario hacia sus hogares. 'Guardate pibe', me gritó René desde adentro, mientras limpiaba la mesa con su trapo gastado. El clima y los miedos eran los dueños y tiranos del barrio.

Doblé por Ituzaingó, masticando las broncas y las tristezas. Mi vieja no lo podía superar: desde que se llevaron a Alicia, la casa era un sólo silencio. Junto con mi hermana, nos quitaron todas las fuerzas que nos definieron como familia. Aquel desorden italiano, esa algarabía usualmente injustificada, el viejo leyendo el diario en la mesa, rezongando y comentando cada detalle eran sólo una postal de una tierra muy lejana.

En dos años las palabras se nos habían escurrido de las paredes y yo hacía cada día, desafiando a todos los riesgos, mi mayor esfuerzo por demorar mi vuelta a casa. Metí las manos en los bolsillos de la campera negra, haciéndoles un lugar entre los lentes de sol y el pañuelo, para que el frío se sintiera un poco menos poderoso.

No escuché nada. No vi nada. No tuve tiempo de asustarme. La camioneta gris dobló en contramano y el ruido del escape estacionó justo delante de mis pies y mi perplejidad.

La puerta se abrió, violenta. Antes de que las palabras cobraran forma, un puño cerrado me impactó en la costilla. Mientras gritaba y nadie venía, un uniformado me esposó. Otro, con bigotes, se acercó tomando impulso y un rodillazo encontró mi frente sintiéndome desvanecer.

'Pará, viejo'. Todo era oscuro y confuso.  'Tiene que ser un error', solté, sediento, cuando los sentidos me fueron devueltos en otro lugar: el interior del vehículo, supuse. Tenía la cabeza tapada y algo me aferraba la boca, hasta que un bastonazo en las piernas me hizo caer de rodillas. 'Callate, callate pelotudo. Vas a saber lo que es bueno'.

Me desplomé sobre la chapa. Cuatro o seis borcegos empezaron a pisar mi espalda y a sofocar mi pedido de auxilio. 'Pendejo de mierda, qué hermoso culo tiene tu novia. Se lo miramos todos los días, cuando se toma el diecinueve'.

'Tiene que ser un error. Soy Dieg...', balbuceé, antes de que el escozor de la picana me tocara la nuca, y cuero cabelludo se tense cada vez que me tiraban del pelo, ideológicamente largo. Me sacudí del dolor, y una patada alcancé a dar.
'Quedate quieto pendejo, que ésto ya se termina'.

Mi viejo me había aconsejado tantas veces no involucrarme, y yo le había hecho caso. En especial, desde de que la pequeña desapareció. Pensé mucho en ellos dos. Por eso tenía que tratarse de una confusión. Yo había sido un estudiante ejemplar, y ahora pasaba mis últimos días mozos entre la universidad y la escritura de mi segundo libro.
¿Eran la cultura y el mundo de la ficción suficientes para ser considerado subversivo? ¿Alcanzaba con animarse a dudar para ser peligroso para el poder?

Imaginaba que no, mientras los ardores me subían por los pies, y el aire empezaba a faltarme. Decidí usar el último suspiro para lanzar mi bala de plata, lo que siempre había interpretado que me pondría a salvo: 'Soy Diego Basetti, licenciado en letras, escribo libros y me dieron el Premio Internacional Becker cuando era estudiante'.

Antes de barajar las diferentes alternativas. Antes de intuir que ya no podría caminar la noche. Antes de temer a dormir en un calabozo de torturas. Antes de ilusionarme con la posibilidad de que abran la camioneta y me tiren a la calle. Antes de darme cuenta que mi destino podía ser ninguno. Antes de comprender que podía ser arrojado al mar o la memoria colectiva, escuché lo que menos quería escuchar: 'Callate de una vez, pendejo. Sabemos bien quien sos'.

Te llamaré domingo

















La tarde irá desarmando su forma,
mi ansiedad haciéndose un lugar.
las penas y los ombligos, de a poco, se cicatrizarán.

El lugar se inundará con sahumerios intensos,
llenaré la heladera con té frío;
gastaré las palabras y las esponjas nuevas;
y abrirás las puertas con tu llave maestra.

Las ilusiones dibujaré con tus colores
Inventaré arroz holandés,
mezclando cerveza con arvejas,
combinando tus ojos con los míos.

Y cuando ya no te diga que estás linda,
ni te pregunte si ya lo había dicho.
buscaré, inútilmente,
reconocerte en otras miradas.
Y en cada insomnio te daré la razón, y una poesía.

Y cuando nos quedemos sin internet,
nuestras canciones ya no suenen
y Almúdena no tenga más hojas para contar,
cambiaré tu nombre,
y te llamaré domingo.

Tutina





Yo me le animo a la barrabrava de River, me le animo a Clarín, a Moyano y a Bush...

Yo me le animo al monstruo feo, dientón y peludo, con tentáculos, garras, moco chorreante, escupidor de fuego, cornudo, volador, marino...,
sólo si la recompensa es que, con tus 3 años, me esperes a las doce, con delantal amarillo en el Jardín de Ana, y que vuelvas a cocollito cantando "una Morocha color café"...

Y que el monstruo venga con refuerzos y yo voy sin espada, ni arcos ni flechas, ni hondas ni piedras si me promete que caminamos por Boulevard adivinando qué vamos a comer al mediodia, y si me promete también que esto es para siempre...