DESAHUCIADA

 *DESAHUCIADA*


Mari Carmen tenía 87 años.


En España, su nombre se hizo conocido en las últimas semanas. En Argentina, en cambio, su historia apenas llegó a nuestros oídos.


Vivió durante 71 años en el mismo departamento, en el barrio de Retiro, en el centro de Madrid. Allí había vivido con sus padres. Allí había transcurrido prácticamente toda su vida. El contrato de alquiler, firmado por su familia en 1956, había pasado primero a su madre y después a ella.


Durante décadas pagó el alquiler de su casa. Pero en 2018, un fondo de inversión adquirió el edificio y comenzó una disputa por la continuidad de su contrato. Dos años después, le comunicaron que el nuevo alquiler superaría su jubilación.


Finalmente, el 23 de septiembre, la desalojaron. Una mujer de 87 años, con problemas de movilidad y una vida entera detrás de esas paredes, terminó en una camilla rumbo al hospital. Quince días después, el 7 de octubre, Mari Carmen murió. 


A Mari Carmen no la expropió el comunismo. No la mató a tiros una inteligencia artificial. No fue víctima de una catástrofe natural. Fue desalojada de su casa mediante un procedimiento legal, impulsado por una empresa inmobiliaria, dentro de un sistema económico que puede terminar imponiendo el derecho de propiedad sobre cualquier consideración humana.


Quizás el capitalismo sea una de las construcciones más notables que supimos desarrollar. Ha generado riqueza, transformado sociedades y multiplicado nuestras posibilidades materiales. Pero ¿cómo explicar que un sistema capaz de producir tanto desarrollo siga siendo incapaz de garantizar algo tan elemental como un techo? ¿Cómo aceptar que el lugar donde una persona puede vivir dependa exclusivamente de cuánto dinero sea capaz de producir, incluso en la vejez y la vulnerabilidad más extremas?


Su historia conmovió a España. Hubo protestas, concentraciones y reclamos. Porque el problema de Mari Carmen no era solamente el de una mujer mayor que ya no podía pagar el alquiler. Era también el de una sociedad en la que la vivienda, una necesidad humana elemental, se ha convertido para millones de personas en un bien cada vez más inaccesible.


Y en esa transformación de la vivienda en mercancía también interviene el turismo. En ciudades como Madrid, un departamento puede resultar más rentable alquilado por noches a quienes vienen de visita que por meses a quienes viven allí. El modelo Airbnb expone una contradicción: quienes llegan a disfrutar de una ciudad pueden tener mayor capacidad para pagar sus viviendas que quienes la habitan. Si esto sucede en España, con sus recursos e instrumentos de regulación, ¿qué podemos esperar de países donde los controles son más débiles y las desigualdades aún mayores?


Cuando la rentabilidad compite con el derecho a habitar, ¿para quién son las ciudades?


La palabra que en España utilizan para nombrar estos desalojos es desahucio.


En Argentina, pensamos en los desahuciados como aquellos que han perdido toda esperanza, los que ya no tienen nada que esperar.


Mari Carmen fue desahuciada. Despojada de su historia, de su barrio y de su hogar.


Unos días más tarde, también de su vida.


En Argentina llevamos casi tres años sin Ley de Alquileres que rigió hasta fines de 2023. El mercado se regula solo. Las inmobiliarias y los propietarios destacan que aumentó la oferta. Los inquilinos saben que tienen que dedicar cada vez más de su sueldo a la proeza nómade de buscar dónde dedicarse a vivir.




Otra vez sopa y falopa

Si por algo nos gobierna Milei, es porque el gobierno anterior dejó tras de sí un desastre macroeconómico: desincentivos a la producción, inflación galopante y un atraso cambiario que volvió insostenible la competitividad.

Sin embargo, resulta tan cíclico como previsible: los gobiernos que presumen de ortodoxia al llegar al poder consiguen aire tras una devaluación y un ajuste que —lejos de solucionar los problemas de fondo— apenas les permite ganar tiempo para volver al mismo punto de partida. Y esto no sería preocupante si esas estabilizaciones transitorias sólo implicaran un sacrificio pasajero en pos de un mañana promisorio. Pero los finales siempre terminan en puntos suspensivos: cada vez que queremos sostener un aparente bienestar, nos sirven sopa y falopa.

En 2018, bajo la gestión de Mauricio Macri, el FMI nos dio el préstamo más grande de toda su historia. Casi 50 mil millones de dólares que no fueron destinados a construir puentes, caminos, trenes, rutas o puertos, sino a sostener un tipo de cambio ficticio que sirvió únicamente para estirar la ilusión.

Tras el fracaso económico de la gestión Fernández-Fernández, la deuda externa apenas pudo ser reprogramada. Pateada para adelante.

En abril de este año, cuando al gobierno libertario se le agotó el trimestre de la soja y los ingresos extraordinarios del blanqueo, el FMI volvió a la escena. Atento, con cuchillo y tenedor. Esta vez sin pasar por el Congreso, sin los reparos ni revisiones que le exigieron a Massa o a De la Rúa. Dispuestos a ampliar la deuda en 15 mil millones de dólares más. Otra vez para que el dólar esté tranquilo, para que podamos irnos de viaje o ahorrar en billetes de cara grande. Mientras tanto, las universidades se caen a pedazos, los discapacitados esperan y el Garrahan sigue juntando tapitas.

Hoy, menos de cinco meses después de aquel bache, volvemos a intentar un manotazo salvador. Estados Unidos anuncia que hará cualquier cosa por sostener nuestra moneda y gobierno. Aún no podemos imaginar cuántas generaciones de argentinos deberán trabajar para retribuir tamaña “generosidad”.

La deuda externa se presenta entonces como un placebo costoso: se toma en nombre de la estabilidad, pero no cura nada. Apenas posterga los síntomas, mientras el cuerpo económico sigue enfermo. Reservas del Banco Central sacrificadas en el altar de la inmediatez política, dólares que se esfuman para pagar campañas, aunque sea a costa del futuro.

Es la sopa que se nos sirve cada vez que hay que ajustar, y la falopa de creer que podemos vivir eternamente de dólares prestados. Una combinación tóxica —y cada vez más letal— que no sorprende, pero que siempre vuelve a repetirse con el mismo gesto de tragedia anunciada.

¿Será posible que sólo se trate de mala praxis?



Feinmann y las bacterias recurrentes

 


Era el año 2002, cuando Argentina gateaba entre los restos de la crisis. América TV tenía el mejor contenido político del momento. Lanata decía, fumando desde Dia D: "Hay dos Feinmann; uno escribe libros (José Pablo); el otro los quema (Eduardo)".

Después de Hora era el nombre del programa que conducía Daniel Hadad. Los columnistas estrellas eran Antonio Laje y Eduardo Feinmann. En el momento más triste de nuestra vida política, hacían un periodismo extremo, filomenemista. Dolarización y Mano Dura eran las líneas editoriales de la mesa, que siempre de forma provocadora y orgullosa tarareaba la cortina musical: 'Loco', de Turf'.

Ese mismo año se produjo la compra y creación del viejo canal 9. Cambió su nombre a 'Azul TV', aunque se le decía 'Saúl TV' por su orientación claramente favorable al expresidente. Feinmann fue a parar ahí.

Desde entonces, danzó por radio y televisión pasando por La Red, Radio 10, Mitre; C5N y A24. Pero su estrellato se dio en el último tiempo cuando logró arribar a las filas de La Nación. Con un estilo siempre irritable, jactándose de una moral alineada a su peinado, enarboló discursos que hace dos décadas sonaban perturbadores y hoy se gritan desde el sillón presidencial. 'Uno menos', celebraba cada vez que un supuesto delincuente era tiroteado por las fuerzas policiales.

Siempre del mismo lado del mostrador, defendió los discursos del poder real como corresponde: con más ira que comprensión, con más torpeza que rigurosidad, con más brutalidad que investigación. 

En los años de la crisis, en medio de un brote de Síndrome Urémico Homolítico, algunas familias denunciaron a la cadena de hamburguesas como portadora de escherichia coli, la bacteria que lo produce. Desde su programa, no tardaron en afirmar que se trataba de una operación, aunque los estudios del Instituto Malbrán confirmaban lo contrario.

A excepción del fútbol y la música, Mc Donalds no suele hacer publicidades con personalidades públicas. Tamaño reconocimiento para un simple presentador.

'Sucia la conciencia, pero claro el porvenir', cantaba Turf cada noche.

Un año de Milei





Hace un año que nos gobierna La Libertad Avanza, y es difícil pensar en qué espacios somos más libres desde 2024. Las mujeres, los homosexuales, las personas con discapacidad han sufrido destratos y calumnias por parte de todo el gobierno. Y no solo ha quedado en la violencia de las palabras. El INADI cerró sus puertas, la línea 144 que atiende las denuncias por violencia de género se desfinanció. Un relato que, además de contar con la insana costumbre de echar culpas a quienes antes ocuparon sus lugares, se erige con una narrativa despótica y agresiva, contra cualquier mirada en disidencia.

Nuestra democracia es lo suficientemente inmadura como para que los legisladores elegidos por el pueblo coqueteen en las cárceles con militares presos por torturas, desaparicioes y robo de bebés, en los tiempos más oscuros antidemocráticos de estas tierras.

Milei, antes y después de ser presidente, es economista. Y en ese aspecto podría parecer que 'domó' aquellas variables que hasta hace poco nos angustiaron. Es sin duda, meritorio. Ahora bien, ¿Quiénes pagaron el costo de usar el freno de mano de golpe, sin medir las consecuencias?

Jubilados, universitarios, empleados informales y formales achicaron sus ingresos relativos, aunque cobren más en dólares. Por otra parte, la obra pública aportó el principal ajuste del segundo semestre dejando inmovilizadas empresas y miles de trabajadores. Y si bien es cierto que siempre fue terreno fértil para la corrupción, desinvertir ein infraestructura es tirar a la basura una versión desarrollista de nuestra economía. Si queremos producir más y a menores costos, necesitamos mejores rutas, caminos, puertos.

Es cuestionable, entonces, que incluso en materia económica seamos un país con más libertades que antes. El cepo sigue ahí, tan restrictivo como entonces. Sólo los ricos que pagan impuestos a los bienes personales, o empresas internacionales beneficiadas por el RIGI han conseguido aflojar su cinturón en estos meses.

Puede caber la pregunta etimológica o interpretativa: ¿Qué significa que a Milei le vaya bien en esta materia? Si este modelo de dólar barato se sostiene, tendremos estabilidad macroeconómica pero una matriz industrial devastada. Será rentable el extractivistmo minero, petrolero y con suerte agrario. Exportaciones sin valor agregado. Un espejo de la economía de tiempos muy pasados. Muchos países de la región viven esta realidad, y hace décadas parece nuestro destino inevitable.

Sin embargo, lo más terrible de este programa es su temporabilidad. Las políticas llevadas adelante sin consenso (es más, se hace alarde de la agresión y la división entre 'argentinos de bien' y degenerados fiscales) tienen plazos muy cortos. Cuando sopla un viento político en otro sentido, las tumba pendularmente. Así pasamos de Alfonsín a Menem. De menem A Kirchner. De Cristina a Macri. De Macri a Alberto. De Alberto a Milei. El péndulo se mueve, e incluso amplía la intensidad de sus movimientos. 

Si no nos esforzamos en coincidir en un proyecto colectivo, vendrá otro presidente, fijará responsabilidades en el pasado que no lo salpique. Y todo el dolor inflingido podría ser no solo cruel e injusto, si no también en vano.

Podríamos ensayar algún mínimo acuerdo a mediano plazo. ¿Qué modelo de sociedad queremos en un futuro?¿Con educación de calidad, vinculada a la industria?¿Con políticas sanitarias activas e igualitarias? ¿Vamos a integrarnos al mundo como desarrollistas o sólo proveedores de materias primas?¿Estamos condenados a replicar las asimetrías de nuestro continente?

En este año, no parece que Milei esté dispuesto a hacerse y hacernos estas preguntas. Mucho menos a escuchar respuestas con las que no coincida. Si la libertad no avanza en pluralidad, habremos dado algunos pasos atrás, cuyas huellas serán cada vez más difíciles de disolver.

 

Percusiones de invierno



Rítmica y constante,

como una samba,

se filtró la luz.

Y golpeó la madera.

.

La tarde se confundió con la noche 

Y el sol descubrió las heridas desnudas

de un cuerpo sediento de caricias y palabras.

.

Reverberaron, 

acompasados,

el trinar y los gemidos.

.

No había más que dos desconocidos

y sus almas destinadas al encuentro


El fútbol, la patria y otras mentiras que amamos

 Hace unos días, nuestra Selección de Fútbol jugó contra Chile en un partido de la Copa América. Como cada vez que nos enfrentamos, se escuchó desde las tribunas argentinas el cántico que reza 'El que no salta es un inglés'. Los archivos oficiales revelados apenas unos años atrás indican que, como mínimo hubo un apoyo logístico desde el país trasandino para el despliegue de las tropas británicas en 1982.

Por entonces, en Chile gobernaba Pinochet, quien llevó adelante la dictadura más extensa de sudamérica por casi diecisiete años, durando hasta 1990. En nuestro país, el gobierno militar en decadencia con Galtieri como cabeza nos llevó irracionalmente a esa aventura imposible.

Desde entonces suponemos que tenemos un país traidor a nuestro oeste porque los gobiernos de aquel momento, autoritarios y alineados en una política internacional extranjerizadora, priorizaron sus poderes locales y tomaron posiciones enfrentadas en un conflicto que implicaba a la principal potencia de la OTAN.

Cada vez que jugamos contra Chile se lo cantamos con énfasis. Como si tanto ellos como nosotros no sufriésemos aún las consecuencias de un modelo que todavía nos condena al sudesarrollo. Como si el público presente en un estadio hubiese tenido voz y voto en los tiempos más oscuros de ambos países. Como si los jugadores al gritar un gol, y hacernos sentir parte de una misma causa -¿es eso la patria?- nos devolvieran un poco de eso que nos fue birlado. Como si nuestros futbolistas no brillasen en la Premier League, y todos no coincidiéramos que allí se juega el mejor football del mundo. Como si no estuvieramos en una Copa América que se juega cada vez más frecuentemente en Estados Unidos -socio histórico inglés, y planificador de las póliticas de la segunda mitad siglo para toda América Latina-. 

A veces un cántico deportivo puede sonar divertido, inofensivo. Hasta que se sistematiza, se vuelve grito de guerra, y anula cualquier discusión posible. Aunque los hechos puedan admitir otras interpretaciones. O demostrar exactamente lo contrario, como por ejemplo Angola, que nunca fue colonia francesa.








Sin hacerlo todavía

 ¿Cuándo fue la primera vez que hicimos el amor? 

Creo que aún no nos conocíamos, 

ni nos reíamos sin sentido de los artilugios del destino.

Ni nos habíamos tejido las telarañas de las que no queríamos salir.

Ni el café colombiano se había adueñado de una tarde de miércoles.


¿Cuándo fue que nos desnudamos tan velozmente?

Creo que todavía no sabíamos que éramos instantes.

Ni que era un síntoma insano adaptarse a una sociedad enferma.

Ni que las historias y las palabras hablaban de nosotros.

Ni que los dolores que más calan son los que más perfuman a las flores.


¿Cuándo fue que los besos nos rebasaron?

Creo que aún no nos admirábamos la audacia,

ni el encuentro se había hecho puente entre los dos,

ni nuestros 33 habían ganado de mano,

ni sabíamos que habíamos hecho el amor sin haberlo hecho todavía.