Si por algo nos gobierna Milei, es porque el gobierno anterior dejó tras de sí un desastre macroeconómico: desincentivos a la producción, inflación galopante y un atraso cambiario que volvió insostenible la competitividad.
Sin embargo, resulta tan cíclico como previsible: los gobiernos que presumen de ortodoxia al llegar al poder consiguen aire tras una devaluación y un ajuste que —lejos de solucionar los problemas de fondo— apenas les permite ganar tiempo para volver al mismo punto de partida. Y esto no sería preocupante si esas estabilizaciones transitorias sólo implicaran un sacrificio pasajero en pos de un mañana promisorio. Pero los finales siempre terminan en puntos suspensivos: cada vez que queremos sostener un aparente bienestar, nos sirven sopa y falopa.
En 2018, bajo la gestión de Mauricio Macri, el FMI nos dio el préstamo más grande de toda su historia. Casi 50 mil millones de dólares que no fueron destinados a construir puentes, caminos, trenes, rutas o puertos, sino a sostener un tipo de cambio ficticio que sirvió únicamente para estirar la ilusión.
Tras el fracaso económico de la gestión Fernández-Fernández, la deuda externa apenas pudo ser reprogramada. Pateada para adelante.
En abril de este año, cuando al gobierno libertario se le agotó el trimestre de la soja y los ingresos extraordinarios del blanqueo, el FMI volvió a la escena. Atento, con cuchillo y tenedor. Esta vez sin pasar por el Congreso, sin los reparos ni revisiones que le exigieron a Massa o a De la Rúa. Dispuestos a ampliar la deuda en 15 mil millones de dólares más. Otra vez para que el dólar esté tranquilo, para que podamos irnos de viaje o ahorrar en billetes de cara grande. Mientras tanto, las universidades se caen a pedazos, los discapacitados esperan y el Garrahan sigue juntando tapitas.
Hoy, menos de cinco meses después de aquel bache, volvemos a intentar un manotazo salvador. Estados Unidos anuncia que hará cualquier cosa por sostener nuestra moneda y gobierno. Aún no podemos imaginar cuántas generaciones de argentinos deberán trabajar para retribuir tamaña “generosidad”.
La deuda externa se presenta entonces como un placebo costoso: se toma en nombre de la estabilidad, pero no cura nada. Apenas posterga los síntomas, mientras el cuerpo económico sigue enfermo. Reservas del Banco Central sacrificadas en el altar de la inmediatez política, dólares que se esfuman para pagar campañas, aunque sea a costa del futuro.
Es la sopa que se nos sirve cada vez que hay que ajustar, y la falopa de creer que podemos vivir eternamente de dólares prestados. Una combinación tóxica —y cada vez más letal— que no sorprende, pero que siempre vuelve a repetirse con el mismo gesto de tragedia anunciada.
¿Será posible que sólo se trate de mala praxis?



