El fútbol son los padres




A veces tengo ganas de escribir de fútbol.
A veces, sobre mi viejo.

Es que todavía yo no sabía hablar, pero mis rodillas se flexionaban, descoordinadas, pretendiendo que mi pie alcanzara la pelota, y sus piernas me la devolvieran una y otra vez.
Es que crecí con la radio sonando a cualquier hora, con un periodista dándonos temas de conversación.
Es que una noche lo vi llenarse de seguridades y jugar a desambiguar mis dudas de infante, asegurándome que si yo cambiaba de color mi pasión, ya no viviría junto a él.

Bien él sabía que nuestro amor tenía forma redonda, y pentágonos cosidos.

Es que mirando fútbol lo escuché putear por primera vez, con un insulto vulgar y contundente, cuando Aquino erró un pase sencillo frente a Los Andes.
Es que, quizás, los espacios que no supimos completar, los tapamos con abrazos forjados a fuerza de goles, con lunes de puras tristezas deportivas.
Es que algunas tardes de domingo todavía siento el olor de la primera vez que pisamos juntos el Cementerio de los Elefantes.

Y es también que una cancha lo vi llorar como niño, y lloré con él.

Es el chori exquisito de dudosa procedencia;  es el galope de un corazón que ya le empezó a cobrar posiciones adelantadas.
Es nuestra manera de encontrarnos, y la de tantos otros, en una sociedad de paternidades heridas.

Es que a veces tengo ganas de escribir de fútbol.
Y a veces tengo ganas de escribir sobre mi viejo
Me llevó tiempo darme cuenta que eran una sola cosa.

Desnudeces




Cuando ya no hay más prendas,
asoma por sobre tus caderas exageradas
el azul de tu alma,
balanceándose en sintonía fina.

Y se filtran en la noche,
por tu cuerpo despojado,
tus historias, los caminos,
las victorias, tus tristezas.

Generosa, tu piel,
concede que sus miedos taciturnos
broten en manantiales
y acompañen hasta el naufragio
nuestra coincidencia inevitable.

Mis yemas, que van jugando
a repasar lentamente tus rincones,
se encuentran también con tu infancia,
dibujan en tu vientre ilusiones adolescentes,
se quedan detenidas en un viejo amor.

Los pliegues de tus piernas le hacen un lugar a mis ojos,
Y se topan además con tus libertades,
Se enfrentan con un cómplice secreto
Y burlan aquel dolor remanente,
Que infructuosamente pretende desdibujarte la sonrisa.
Y te veo tan mujer, y tan niña.

Ese mundo de iguales;
La utopía feminista;
Todos los sueños que te forjaron
nacen, asimétricos, desde tus hombros,
Toman forma en tus pechos tensados.

Porque nadie puede desnudarse
sin desnudarse por completo;
Porque dos no pueden encontrarse
sin encontrarse íntimamente,
me dispongo a desvestirme yo
y caminar hacia tu encuentro.

Gustavo Farabollini: Un tipo audaz











¿Se puede, en estos tiempos , vertiginosos e insustanciales, ser historiador,
tener a cargo el devenir informático del Ministerio de Gobierno de la Provincia,
ser docente universitario de grado y posgrado en dos universidades, y escritor
a la vez? ¿Se pueden resumir tantas vertientes del saber en una sola persona?


Gustavo Farabollini era todo eso, y un poco más.
Idealista, aplomado y seductor nato. Tenía la virtud de no exaltarse al hablar,
de convencer con argumentos. Perceptivo y sensible, no dudaba en dudar.


Sus últimos años lo conectaron íntimamente a su pasión literaria. Dictaba
talleres y escribía a caudales. Su libro más reconocido fue un verdadero puente
para las almas. Porque su novela es, además, un excelente documento histórico,
fruto del trabajo de una investigación que lo obligó a remover aguas viejas y quietas.


No puedo adjudicarme haberlo conocido en detalle pero tengo que la certeza
de que tipos como éstos se nos pasan, se nos escapan. La mediocridad en que
solemos vivir los invisibiliza. Alienados por el laburo, embobados por los opiáceos
que el mismo sistema nos ofrece, nos refugiamos en el fútbol, el celu o las series;
ignorando los artistas que nos rodean, desperdiciando tanto talento cercano. Me pasa
lo mismo cuando veo en algún escenario al Chino Mansutti, Sofía Kreig, Juane Voutat
o Florencia Minen, y siento que estamos rodeados por ríos de cultura, y no sabemos nadar.


Navegando esos torrentes se fue Gustavo, un inspirador. Nos queda su obra, que no es
poca cosa.

En el último mensaje que le escribí le conté que me había decidido a participar de un
concurso literario. Él sabía que yo era un escritor más voluntarioso que metódico;
más tozudo que técnico; que mi vuelo era todavía raso. ‘El mundo es de los audaces’
me contestó. No llegué a contarle que gané el primer premio.



Cada vez que te vas





 
Tu perfume danza en una estela
que mis manos buscan y no alcanzan.

Pensativos y oscuros,
tus ojos se quedan un rato más,
escrutando los míos.

Contra el temblor de mis dedos, 
tus manos siguen pulseando;
y recrean nuestras formas
a su imagen y semejanza.

Me persigue entre los libros
la inercia de tus besos;
me invita a pisar los caminos,
más sublimes y perversos.

Tiene el color de tu voz.
la lluvia que suena en la chapa,
furtiva, como las coincidencias.

Tu cuerpo de cristal,
permanece intacto.

Cada vez que te vas

Tu cuerpo volvió una noche


Y se alzó por los peldaños de los ocasos;
Y se sublevó contra el tiempo.
Y arrebató de los rincones, las certezas.
Y cerró todas las puertas entreabiertas, azuladas.
 
Lo soplaron las mieles de un calor espeso,
lo transformó la brisa, al convertirlo en lluvia.
Lo trajo la humedad de noviembre,
lo buscó, tanto, un deseo.

Y desgarró mis seguridades;
Y se hamacó suave, en los resortes del silencio.
Y sus manos se hicieron alas, que volaron hábilmente
Y la oscuridad supo, también, hacer puro lo imperfecto.

Los despojos de las dudas lo empujaron entre las sábanas,
las preguntas, sin respuestas, no alcanzaron a reconocerlo;
las contradicciones de los dioses mentaron este reencuentro.
Fui testigo de su carne, testigo soy de su verbo.

Y el compás de su latir se acopló a mis enredos.
Y el perfume de su sexo se adueñó de la habitación
Y navegó, convencido, hasta el naufragio inevitable.
Y entre melodías pasajeras, apagó todas sus luces.

Tu cuerpo volvió,
y se fundió con la noche;
fueron ya una sola cosa,
y nunca más amaneció.

Misa Negra



Ni bien terminó el partido, me di cuenta que la derrota no me había dolido como lo hubiese imaginado unas semanas atrás.
Pensé que los dolores reales, producto de las ausencias que la vida propicia, estaban tapando en mí la amargura deportiva.
Pero con el correr de las horas, cuando de a poco nos fuimos soltando, noté que a muchos nos pasaba lo mismo.

Estas horas tuvieron un desborde de mística, una energía propia de las religiones, de los grandes recitales.
En tiempos de tanta división estéril, sigue siendo un milagro que el fútbol tenga la capacidad de acompasar tantas almas.
Y encontramos en las canciones y en las banderas ese grito común de agradecimiento para los que nos forjaron las pasiones;
esa conexión con los que ya no están.

Porque un estadio de fútbol sigue siendo uno de los pocos lugares donde se abraza a un desconocido, o donde lo podés ver llorar a tu viejo,
ojalá todos los que aman este deporte tengan la posibilidad de vivir lo que sentimos estos días.

Señora de las 9 décadas





















Dicen que cuando yo tenía unos meses, y mis viejos se iban a laburar a las seis de la mañana, me dejaban dormido, en su casa, para que ella y mi abuelo empiecen a hacer de mí un niño sobrequerido.

Dicen que cuando nos fuimos a vivir a Buenos Aires, eran ellos los que se tomaban el tren a Miguelete para que los ruidos de la gran ciudad nos aturdan menos.

Dicen que cuando orillaba mis once años, por las tardes me bajaba en su casa después de practicar fútbol, para merendar mermeladas caseras, mientras los caballos corrían carreras en Crónica TV.

Dicen que mi primera adolescencia me encontró los fines de semana durmiendo con ella, cuando el abuelo se fue y había que ahuyentar los miedos.

Dicen que las empanadas de carne no podían faltar, ni las torrejas, ni los buñuelos. Que pasar por la casa de la abuela era siempre una bendición al paladar.

Dicen que para cada materia de la facultad, sus oraciones me empujaron; que para cada malestar estomacal, su receta de limón con azúcar; que entre cada mate, un verso tiene para recitar.

Dicen de su pelo blanco, de su andar ya lento. Dicen de sus tangos, de su sonrisa imborrable, de sus ojos verdes.  Dicen que hoy cumple noventa años, y los lleva con estilo. Dicen que carga un dolor, un dolor que compartimos.

Digo que todo es verdad, y espero devolverle a la vida tanto amor recibido.