Ci sarà domani



Passeggero sarà questo tempo,
una parentesi tra due incontri,
Stantio, così tanta aria,
cambierà il suo colore teso.

Il sole ci colpirà in faccia,
e gli sguardi quarantenati,
si ridurranno in lacrime.

Riconoscerò il tuo tatto impaziente,
come qualcuno che non ha altro senso.
Il caffè e la pelle si scioglieranno di nuovo,
e per un po ' mi disseteranno .

Accovacciati, i tuoi baci,
mi aspetteranno nell'infanzia dell'autunno.
E sorrideremo sciatti,
con quel leggero rictus
che conferiscono solo
le precise proporzioni
di amore e piacere.

Dios Ameo



Siempre creí en Dios. Desde niño, naturalmente por imposición cultural y mandato. Dios representaba todo eso que no tenía explicación, una promesa de futuro feliz y eterno, los fundamentos para hacer el bien bajo su mirada examinadora y punitiva.

Las instituciones han hecho todo lo posible por alejar de la fe a las estratos sociales medios, a través de una espiritualidad escueta y sumisa, diseñada para otros tiempos. Y a pesar de todo sigo empecinado, tozudo, estoico. La culpa, el pecado, el machismo y la verticalidad eclesiástica sostienen, desde hace décadas, concepciones conservadoras en un contexto que pretende avanzar, discutir, ampliar e integrar.

Sin embargo, permanezco. Creo en Dios, con lo difícil y arriesgado de creer en algo. Creo en Dios y en los valores que se supone eso implica. Creo en un Dios que sintetice la totalidad de la especie; un Dios más colectivo que individual,  más terrenal que celestial; un Dios humanizado -¿quizás Jesús?-; un Dios que tema, se angustie y dude. Un Dios que sea sinónimo de libertad, donde el único dogma sea amar sin restricciones. Un Dios que no sea causa-juez de la moral, sino su consecuencia y testigo.

Un Dios padre, madre, hermano, hija, amigo, pareja, amante;
desjerarquizado y compañero;
para que los panes y peces se sigan multiplicando.


Coronavirus y la distribución de la riqueza



Para gran parte del mundo, el CoVid-19  se ha iniciado en las clases más altas de la sociedad.
Italia, el país más golpeado, tiene su epicentro en el norte más desarrollado.
Latinoamérica, completa, ha propagado su contagio a partir de quienes tienen la posibilidad de viajar a otras tierras más pudientes.
Desde hace un mes estamos en vilo tanto sanitaria como mediáticamente. Los países centrales nos suelen indicar agenda, esta vez con fundamentos marcados y ejemplos para no seguir.

Así, nos llegó la cuarentena para poner sensatez y freno anticipadamente, y evitar ser el espejo de los desbordes que todavía sufren sociedades más desarrolladas. Sin embargo, en nuestras tierras, el resultado de frenar la mayoría de las actividades es heterogéneo y puede llegar a ser crítico.
Mientras un grupo nos tenemos que preocupar por la higiene, la productividad a distancia, el ocio, y -con un poco de suerte- los cuestionamientos de un tiempo que nos sobra, otros miran el almanaque con desesperación: Empleadores que empiezan a hacer números con lápiz fino; Emprendedores sin mercado; Taxistas, con calles desiertas; Trabajadoras en negro, sin su mango semanal; Albañiles, Pintores, Plomeros que tienen que imaginar sus changas después de semana santa.

La teoría del derrame nos enseña que el capitalismo derrama riqueza desde arriba hacia abajo, aunque en la práctica, nos hemos cansado de comprobar que siempre fluye más rápido la malaria. Y en el sentido inverso.

¿Qué pasará, entonces, cuando el coronavirus llegue a los barrios populosos, donde las camas y los colchones se comparten más que los platos nutritivos?¿Qué sucederá cuándo los barrios que tienen servicios básicos deficitarios empiecen a contagiarse masivamente?¿Seguirá siendo preocupación mundial una vez que el coronavirus sea una enfermedad de pobres, y de muchísimos pobres?
¿Cómo se valorarán las muertes de los barrios humildes?¿Cómo las tratarán los medios?

Quizás hayamos tenido una primera respuesta el pasado martes, cuando en motines carcelarios -con fuertes argumentos sanitarios- murieron cinco presos en Santa Fe. Cinco! Por esas horas, los muertos en hospitales por la pandemia todavía no alcanzaban esa cifra. Sin embargo, nadie hizo hincapié en el dato y menos en considerarlos las primeras víctimas indirectas de un mal que nos aquejará largo rato.

Quizás, desde siempre, como planteaba Foucault, las cárceles sean también una forma de segmentación social.


Habrá mañana



Pasajero será este tiempo,
un paréntesis entre dos encuentros,
Viciado, tanto aire,
mudará su color tenso.

El sol nos dará de lleno en la cara,
y las miradas acuarentenadas,
se achinarán hasta hacerse lágrimas.

Reconoceré tu tacto impaciente,
como quien no posee otro sentido.
El café y tu piel volverán a fundirse,
y apagarán, por un rato, mi sed.

Agazapados, tus besos,
me esperarán en la niñez del otoño.
Y sonreiremos con dejadez,
con ese rictus ligero
que sólo confieren
las precisas proporciones
de amor y placer.

El fútbol son los padres




A veces tengo ganas de escribir de fútbol.
A veces, sobre mi viejo.

Es que todavía yo no sabía hablar, pero mis rodillas se flexionaban, descoordinadas, pretendiendo que mi pie alcanzara la pelota, y sus piernas me la devolvieran una y otra vez.
Es que crecí con la radio sonando a cualquier hora, con un periodista dándonos temas de conversación.
Es que una noche lo vi llenarse de seguridades y jugar a desambiguar mis dudas de infante, asegurándome que si yo cambiaba de color mi pasión, ya no viviría junto a él.

Bien él sabía que nuestro amor tenía forma redonda, y pentágonos cosidos.

Es que mirando fútbol lo escuché putear por primera vez, con un insulto vulgar y contundente, cuando Aquino erró un pase sencillo frente a Los Andes.
Es que, quizás, los espacios que no supimos completar, los tapamos con abrazos forjados a fuerza de goles, con lunes de puras tristezas deportivas.
Es que algunas tardes de domingo todavía siento el olor de la primera vez que pisamos juntos el Cementerio de los Elefantes.

Y es también que una cancha lo vi llorar como niño, y lloré con él.

Es el chori exquisito de dudosa procedencia;  es el galope de un corazón que ya le empezó a cobrar posiciones adelantadas.
Es nuestra manera de encontrarnos, y la de tantos otros, en una sociedad de paternidades heridas.

Es que a veces tengo ganas de escribir de fútbol.
Y a veces tengo ganas de escribir sobre mi viejo
Me llevó tiempo darme cuenta que eran una sola cosa.

Desnudeces




Cuando ya no hay más prendas,
asoma por sobre tus caderas exageradas
el azul de tu alma,
balanceándose en sintonía fina.

Y se filtran en la noche,
por tu cuerpo despojado,
tus historias, los caminos,
las victorias, tus tristezas.

Generosa, tu piel,
concede que sus miedos taciturnos
broten en manantiales
y acompañen hasta el naufragio
nuestra coincidencia inevitable.

Mis yemas, que van jugando
a repasar lentamente tus rincones,
se encuentran también con tu infancia,
dibujan en tu vientre ilusiones adolescentes,
se quedan detenidas en un viejo amor.

Los pliegues de tus piernas le hacen un lugar a mis ojos,
Y se topan además con tus libertades,
Se enfrentan con un cómplice secreto
Y burlan aquel dolor remanente,
Que infructuosamente pretende desdibujarte la sonrisa.
Y te veo tan mujer, y tan niña.

Ese mundo de iguales;
La utopía feminista;
Todos los sueños que te forjaron
nacen, asimétricos, desde tus hombros,
Toman forma en tus pechos tensados.

Porque nadie puede desnudarse
sin desnudarse por completo;
Porque dos no pueden encontrarse
sin encontrarse íntimamente,
me dispongo a desvestirme yo
y caminar hacia tu encuentro.

Gustavo Farabollini: Un tipo audaz











¿Se puede, en estos tiempos , vertiginosos e insustanciales, ser historiador,
tener a cargo el devenir informático del Ministerio de Gobierno de la Provincia,
ser docente universitario de grado y posgrado en dos universidades, y escritor
a la vez? ¿Se pueden resumir tantas vertientes del saber en una sola persona?


Gustavo Farabollini era todo eso, y un poco más.
Idealista, aplomado y seductor nato. Tenía la virtud de no exaltarse al hablar,
de convencer con argumentos. Perceptivo y sensible, no dudaba en dudar.


Sus últimos años lo conectaron íntimamente a su pasión literaria. Dictaba
talleres y escribía a caudales. Su libro más reconocido fue un verdadero puente
para las almas. Porque su novela es, además, un excelente documento histórico,
fruto del trabajo de una investigación que lo obligó a remover aguas viejas y quietas.


No puedo adjudicarme haberlo conocido en detalle pero tengo que la certeza
de que tipos como éstos se nos pasan, se nos escapan. La mediocridad en que
solemos vivir los invisibiliza. Alienados por el laburo, embobados por los opiáceos
que el mismo sistema nos ofrece, nos refugiamos en el fútbol, el celu o las series;
ignorando los artistas que nos rodean, desperdiciando tanto talento cercano. Me pasa
lo mismo cuando veo en algún escenario al Chino Mansutti, Sofía Kreig, Juane Voutat
o Florencia Minen, y siento que estamos rodeados por ríos de cultura, y no sabemos nadar.


Navegando esos torrentes se fue Gustavo, un inspirador. Nos queda su obra, que no es
poca cosa.

En el último mensaje que le escribí le conté que me había decidido a participar de un
concurso literario. Él sabía que yo era un escritor más voluntarioso que metódico;
más tozudo que técnico; que mi vuelo era todavía raso. ‘El mundo es de los audaces’
me contestó. No llegué a contarle que gané el primer premio.