Segundos Tiempos

 ¿Y si supiésemos unos minutos antes que algo determinante está por sucedernos?

¿Y si conociésemos con anticipación que en el próximo rato va a ocurrir algo importante, algo capaz de reconfigurar nuestro semblante, nuestro humor, nuestra forma de relacionarnos con los demás?

¿Qué pasaría si, además, aquello que sucederá fuese definitivo, inapelable?

Quizás, como dice Charly, esperando nada menos que a su muerte, sólo con ser avisados bastaría para que nos arreglemos un poco. Quizás pondríamos atención en los detalles ínfimos, en cualquier señal que advierta que nuestro destino está a punto de marcarse.

En general no nos ocurre. Esas mañanas trascendentes amanecemos indiferentes al devenir que nos hará conocer a una persona que recordaremos para siempre, o aquel lugar que pisaremos por primera vez y ya no se irá de nuestra memoria.

En general no. 

Pero cada vez que, sentados en una tribuna, frente al televisor o escuchando la radio el árbitro le da sonido a su silbato después de quince minutos de incertidumbre, sabemos que algo va a suceder. Algo que condicionará los días futuros. Algo que nos puede llevar desde la apatía a la ansiedad, sin escalas. Algo que inevitablemente se resuelve en los segundos tiempos.









Espíritu Amateur

En un fútbol híperprofesional, mercantilizado y mediocre, a veces aparecen gestos que nos llevan a la esencia de este juego: ser niños otra vez. 

Un tipo de 33 años que no nació deportivamente en la ciudad se quiebra emocionalmente por quedarse afuera de un clásico, a los diez minutos de partido, por un golpe involuntario.

A pesar de todo lo que nos pasa, el espíritu amateur sigue siendo algo que nos distingue. Quizás un buen punto de partida por si alguna vez pretendemos recuperar el fútbol de estas tierras.



Envidia Sana

Convengamos que es una expresión de mierda. Un oxímoron gramatical. Deberíamos resistir tenazmente a combinar palabras como quien combina una camisa a cuadros con una bermuda de baño.

El adjetivo sana denota armonía, equilibro, intregridad física, psíquica y emocional. La envidia no tiene nada de esto. En pos de un deseo de lo ajeno, emergen nuestros sentimientos más viles.

Algunos argumentan que envidiar sanamente es relativo al objeto deseado sin desmerecer a quien tiene la fortuna de poder realizarlo. Y así supuestamente envidiamos sanamente un viaje, o un auto por ejemplo, sin un dejo de maldad. A mí no me cierra.

Envidiar sanamente es quizás una de las tantas formas de simplificar algo que, o bien no se envidia realmente, o bien no sanamente. Dos cadenas de letras condenadas a expresarse de forma consecutiva para decir sin decir.

Envidiar sanamente es Papá Noel. Algo que necesitamos recrear cada vez para reconocer, de modo romantizado, la contradicción de nuestros pensamientos.

Envidiar sanamente no existe.

Hasta que doblo la esquina, y me sorprende un muchacho -de unos treinta, cuarenta y pico - conversando y caminando a paso lento, estrechando el brazo de quien pareciera ser su madre. 

Y me resigno a envidiarlo. Profunda y sanamente.





Un cappuccino y un alfajor


Lorena reclinó levemente su bicicleta y sin perder un centímetro de su presencia, siempre erguida y desafiante, se dispuso a pedalear con esmero, haciendo caso omiso al calor de enero.

Su rodado veintinueve le permitía hacerse lugar entre los vehículos  y sus conductores impacientes. Cada miércoles a la tarde, su travesía arrancaba con una mueca de sonrisa irónica cuando ella se preguntaba si toda esa gente verdaderamente necesitaba llegar en auto al centro de la ciudad.

Luego de ajustar su candado y volver sobre sus pasos para asegurarse que había quedado firmemente enredado con el metal se ubicaba entre las dos mesas que siempre elegía, según estuvieran disponibles. La que daba al ventanal del frente y le permitía contemplar el frenesí del que se había logrado escapar por lo menos un rato; o bien la que miraba a la barra y le permitía anticipar a sus sentidos el infalible aroma a café de máquina.

Su mochila le cuidaba las espaldas desde la silla de madera, y mientras empezaba a saborear los compases de una bossa, le sonreía a los mozos del lugar, ya habituados a su visita semanal. Era fácil para Lorena advertir cuando la atendía un nuevo trabajador del bar. No solamente por su destreza oscilante, si no porque antes de ofrecerle cualquier menú le preguntaban si estaba esperando a alguien. Aunque las primeras veces se sintió molesta por la pregunta, luego comenzó a disfrutar de responder con sobriedad por la negativa.

Un cappuccino y un alfajor de nueces, sea invierno o verano. Poder disfrutar sin culpa ni transpiración de las mejores fusiones italoargentinas era razón suficiente para agradecer la invención del aire acondicionado.

Durante esa hora, anotaba en su agenda cualquier inspiración o pensamiento que le surgiera Y observaba. Observaba mucho. De cada mesa lejana intentaba conformarse una idea de la charla de sus integrantes, interpretaba sus gestos como si asistiera a un teatro sin ser descubierta. De cada mesa cercana, escuchaba todo e imaginaba las historias que podían tejer esas conversaciones.

Cuando vio que una pareja de ancianos se sentaba con dificultad en la mesa contigua y expresaban los dolores que los años ya no borrarían de sus cuerpos, recordó que esa mañana, al despertar, su cintura le había molestado un poco más que en los últimos meses. Sacó rápido su lapicera, y después de obligadamente hacer unas rayas en el vértice derecho de la hoja para que la tinta recuperase su fluidez, anotó:

                        Envejecer no es cosa de viejos,

                        es comenzar a ser conscientes -conscientemente- de nuestra finitud

Se quedó un momento paralizada, porque una vez escritas,  las palabras le sonaban conocidas, le retumbaban en la hoja. Sus pensamientos aún naufragaban cuando un brazo dejó la infusión sobre la mesa y la devolvió a la realidad.

Suspiró sin notarlo, e inspiró profundo para que las propiedades del café le impregnen el olfato. Con la cuchara prolijamente fue disfrutando de cada gramo de crema, para luego devorar con avidez el alfajor recurrente. 

Lorena no sabía exactamente qué era la libertad, pero en ese encuentro semanal consigo misma sentía algo muy parecido.

Balas negras



Dos balas desalmadas cruzan el cristal y se ajustan en la cabeza de Lucas González. Dos balas de un policía que mata sin uniforme. Dos balas que terminan con los sueños de su sangre adolescente.

Dos balas que minutos antes de ser eyectadas no tenían nombre, aunque sí color. Dos balas estereotipadas, mezcladas con odio, al servicio de quienes pretender ejercer su cuota de poder siempre frente a los más débiles.

Dos balas que seguramente no alcancen para discutir la falta de profesionalización de las fuerzas de su seguridad ni su rol en el delito organizado, aunque sus nueve milímetros de muerte quizás desarmen los prejuicios para entender que no hay casos aislados, sino una forma de violencia institucionalizada recurrente a lo largo y ancho del país.Según la CORREPI, desde el regreso de la democracia se produjeron a razón de 171 casos de gatillo fácil por año. 

Una de las mayores conquistas del movimiento feminista es precisamente identificar los femicidios como una conducta sistémica que todos, de alguna forma, reproducimos. Quizás sea tiempo de no sólo clamar justicia por Lucas, si no también indagar los patrones que hacen que las balas del Estado se usen cíclicamente contra los más rezagados.



Apalabrados


En Brasil

se puede preguntar ¿Qué horas son?.

Los novios están necesariamente namorados.

Estar enamorado significa estar apaixonado

y algo que está demais, no está claramente de más.

No es un error hablar con artículos delante de sustantivos propios, 

por lo que  El Gustavo y La María son siempre bienvenidos.

En Brasil, es más fácil que el amor sea un puente,

porque puente es femenino.


En el idioma Alemán, 

existieron desde siempre 

palabras que no se autoperciben dentro del
sexismo binario.

La luna y el sol siguen encandilados uno por la otra.

Mientras ella ilumina los días, 

las poetisas y los poetas noctámbulos le escriben a Der Mond,

siempre seductor entre cráteres y bigotes.


La letra jota, tal como la conocemos y pronunciamos

no existía antes de que los árabes la impregnen en España.

También en la gran mayoría de palabras que comienzan con la raíz Al-

sobreviven los musulmanes expulsados de su patria hace cinco siglos.


Un'estate italiana

fue escrita para todos los tiempos.

Los sueños de una generación, 

condensados en el sentimiento más trivial y profundo,

resumidos en una sinfonía con esquirlas de guerra fría.

Un canto utópico y nostálgico 

no podría haberse nunca compuesto en los años noventa

si el verano fuera masculino para los italianos.


Quizás cuando nos fue concedido por un Dios

el derecho a nombrar las cosas,

creímos que esto nos hacía dueños

de las cosas y también de las palabras.

Quizás ignoramos que éstas nos anteceden.

Quizás Dios tenga algo que ver con las palabras.


San Cayetano


El chijete que se iniciaba en la puerta mal enmarcada le besó la frente y se adelantó al despertador previsto para las 6:15. Todavía con los párpados pegados, caminó descalzo hacia la habitación que compartían sus hijos e hijas y les dio la orden -siempre indiscutible aunque el invierno se resignase a abandonar el cubículo de chapas y ladrillos- de alistarse para ir a la escuela.

David abrió la garrafa y le dio fuego a la pava que sería fuente de mates para él, y mates cocidos para el resto de la familia. En una heladera donde sobraba frío, encontró el azúcar y cargó de falsos nutrientes las cuatro tazas.

La bocina de su compañero de obra lo sorprendió con el cigarrillo a medio terminar. Dio una última pitada profunda, consciente de la necesidad de despertarse del todo y de disfrutar también del único tabaco diario que la economía permitía.

Hasta el mediodía el tirón se hacía sencillo. Prefería las descargas del camión de ladrillos, la preparación de la mezcla y el armado de pilares. Él creía que la rutina lo salvaba de pensar. Pero si alguna preocupación lo avanzaba intentaba trabajar cerca del ruido de las mazas que picaban paredes y aturdían cualquier interrogante que un ayudante de albañil se permitiera indagar. La semana próxima estaba anunciada lluvia y David no quería siquiera imaginar cómo navegaría entre el barro y las cuentas flacas.

Recién durante la interminable espera del colectivo para regresar,  sus tripas le reclamaban atención que él sabía soportar. Aunque a veces, casi clandestinamente, cambiaba los mil pesos recién cobrados para que una factura de hoy, abultada de dulce de leche, se deshaga en su boca.

Cuando sus hijos lo veían desde lejos acercarse caminando al barrio dejaban la pelota, el celular  y los sillones para entrar raudamente a la casa, donde simulaban retomar las tareas escolares pendientes. David sentía que era necesario decirlo una vez más: 'Sigan así, hasta que no terminen la escuela acá no vienen con ningún novio o novia'.

Si Nadia volvía tarde de la casa donde trabajaba, era él quien mezclaba las verduras con arroz o fideos. El guiso y la televisión  los acompañaba cada noche. A excepción de algún partido de Boca,  no encontraba nada interesante para ver y para entretenerse dejaba sintonizado algún debate en los canales deportivos o políticos. Se iba a dormir con una sensación extraña y molesta en el estómago cuando escuchaba decir a señores muy bien trajeados que se había perdido la cultura del trabajo.