El horario de las visitas y los papeles

 Corría el año 2006 cuando los juicios por crímenes de lesa humanidad sumaban fojas y testigos. Provocante, desde el banquillo, miraba a las cámaras el ex comisario general Miguel Etchecolatz, jefe de la Policía Bonaerense durante la dictadura. El responsable de una enorme una red de centros clandestinos de detención y tortura donde había desaparecido miles de personas, tenía un papel entre las manos. 

Caligrafía irregular y tinta negra dibujaban un nombre: Julio Lopez. El viejo albañil que se animó a contar treinta años después lo que había sufrido, visto y oído. Días después de dar testimonio fue desaparecido para siempre, presuntamente torturado, esta vez en su vejez. Y aunque las recompensas se multiplicaron, nada se supo hasta hoy sobre Julio Lopez. 

En cambio, sí de Miguel Etchecolatz , quien murió en 2022 orgulloso de sus crímenes y preso. En otro de sus papeles solía tener agendadas sus visitas. Allí podía leerse el nombre de Victoria Villaruel, probable  vicepresidenta de la Nación.




Patos, leones y otras especies primitivas




Los escuchamos hablar en contra de los inmigrantes, como si por nuestras venas no corriera ADN de otras tierras. Como si nuestros amigos, hermanos o hijos no hubiesen decidido ya que emigrar es también un derecho humano.

Los escuchamos vociferar contra de la educación pública, como si muchos de nosotros no hubiésemos sido los primeros profesionales en nuestras familias. Como si nuestros impuestos no servirían para que las universidades argentinas sean reconocidas mundialmente.

Los escuchamos atacar los derechos laborales, como si las condiciones en las que vive y trabaja la mayoría de los hombres y mujeres de nuestros país tuvieran margen para ajustarse más todavía.

Los escuchamos maltratar los derechos de las minorías, como si la historia no nos hubiese enseñado que el odio es semilla para las atrocidades mejores justificadas.

Los escuchamos minimizar las inequidades de género, como si las mujeres no tuviesen que trabajar un tercio más para ganar lo mismo. Como si no sufriéramos un femicidio nuevo cada veintisiete horas, como si más de la mitad de los mismos no fuesen cometidos por parejas o ex-parejas.

Los escuchamos hablar mal de todas las funciones del Estado, excepto la del orden y las balas, siempre dispuestas a callar los mismos gritos. Como si el gatillo fácil no matase más de doscientas personas por año en nuestras pampas.

Los escuchamos a través de sus discursos livianos y efectistas, con sus simplificaciones y certezas absolutas. Como si no quisiéramos reconocer la complejidad de nuestra situación y la impostura de las recetas mágicas.

Los escuchamos alimentando los sentimientos más primitivos del electorado, como si tras cuarenta años de imperfecta democracia decidiéramos con nuestro costado más vil e inhumano.

Antes

Apoyó el vaso sobre la mesa y la miró con seguridad y detenimiento. Decidió que era el momento. Llevaban semanas redefiniendo las reglas del juego de seducción. Le sostuvo la mirada y con una mueca sobrada de picardía, habló:

 'Vos sabés que hoy vamos a hacer el amor, ¿no?'.

Podría pensarse que la afirmación envuelta en pregunta la descolocaría. Pero ella seguía ahí, con sus ojos claros y firmes. Le gustaba escuchar sus historias y en cada  encuentro se sentía envuelta placenteramente por sus palabras. 

Aunque lo miró con admiración, porque lo que más le atraía era su humor inteligente, se quitó el mechón de pelo de la frente y replicó con un golpe:

'¿Si? Mirá vos. Yo sentí que ya lo habíamos hecho'.

Siga, siga




Asistir a un estadio del fútbol argentino representa, hoy, desnudar todo lo que escondemos como sociedad. Todo lo que no queremos ver. O peor incluso, aquello que fuimos cediendo sin resistirnos demasiado.

La epopeya de presenciar un partido empieza en el acceso a los estadios. Operativos multimillonarios que se esfuerzan en concentrar el control donde, se sabe, no hay inconvenientes. Así se ensanchan las filas a la intemperie de los 0 o 40 grados, los malos tratos y las metodologías arcaicas para el ingreso. Y el remedio mal aplicado supo reforzar al virus. Así fuimos hamacándonos entre el AFA plus, datos biometricos, tribuna segura y entradas QR. Gambetas de humo para hacer de cuenta que hacemos algo.

Puertas adentro, la amabilidad hacia los socios, quienes dan sentido a todo esto - con pasión y dinero - no mejora demasiado. Las instalaciones tienen siempre el menor mantenimiento posible. En general, los baños se quedan sin agua y las tribunas no son pensadas para que cualquier persona con capacidad reducida pueda sentirse parte.

Desde hace más de una década el fútbol argentino se juega sin visitantes: una prueba irrefutable de la intolerancia que nos identifica. Convivir con un otro, aceptar la derrota (que implique la victoria y el goce ajenos) no está dentro de las posibilidades.

El fútbol tiene la capacidad de aglomerar por un par de horas a todo el espectro socioeconómico de una ciudad. Los colores no entienden del ingreso per cápita, y  quien sobrevive en un barrio sin agua corriente se mezcla con un empresario acaudalado. Y los mismos lazos que tejen la inseguridad en la que vivimos a diario se proyectan en el fútbol los fines de semana. El delito organizado encuentra un terreno fértil en los albores de los clubes. Una renta extraordinaria que merece ser distribuida y no puede llevarse adelante sin un entramado político-judicial-policial que brinde logística y amparo. Los propios dirigentes de los clubes se suman también al torneo, garántizandose grupos de choque de los que ningún emprendimiento de poder puede prescindir.

En los últimos dos meses los hinchas de Colón asistimos a enfrentamientos armados dentro del estadio (frente a Aldosivi), y fuera del mismo (festejo por el aniversario del campeonato), tiroteos con la policía e hinchadas rivales por copas internacionales.

¿Que pasaría si los socios y socias nos concentraríamos en la puerta del club pidiendo el fin de la violencia?

¿Qué pasaría si los presidentes de los clubes de la ciudad dieran una conferencia conjunta junto a referentes municipales y provinciales de todos los partidos políticos para dar una muestra de compromiso y unidad?

¿Qué pasaría si los periódicos de la ciudad y las radios más importantes emitieran un comunicado conjunto para salvar lo más hermoso que tenemos?

Quizás podría ser un primer paso, para que no todo sea esperar a que el próximo resultado nos cambie el humor, haga olvidar todo lo vivido y  el árbitro diga siga, siga que el show debe continuar.

 

Segundos Tiempos

 ¿Y si supiésemos unos minutos antes que algo determinante está por sucedernos?

¿Y si conociésemos con anticipación que en el próximo rato va a ocurrir algo importante, algo capaz de reconfigurar nuestro semblante, nuestro humor, nuestra forma de relacionarnos con los demás?

¿Qué pasaría si, además, aquello que sucederá fuese definitivo, inapelable?

Quizás, como dice Charly, esperando nada menos que a su muerte, sólo con ser avisados bastaría para que nos arreglemos un poco. Quizás pondríamos atención en los detalles ínfimos, en cualquier señal que advierta que nuestro destino está a punto de marcarse.

En general no nos ocurre. Esas mañanas trascendentes amanecemos indiferentes al devenir que nos hará conocer a una persona que recordaremos para siempre, o aquel lugar que pisaremos por primera vez y ya no se irá de nuestra memoria.

En general no. 

Pero cada vez que, sentados en una tribuna, frente al televisor o escuchando la radio el árbitro le da sonido a su silbato después de quince minutos de incertidumbre, sabemos que algo va a suceder. Algo que condicionará los días futuros. Algo que nos puede llevar desde la apatía a la ansiedad, sin escalas. Algo que inevitablemente se resuelve en los segundos tiempos.









Espíritu Amateur

En un fútbol híperprofesional, mercantilizado y mediocre, a veces aparecen gestos que nos llevan a la esencia de este juego: ser niños otra vez. 

Un tipo de 33 años que no nació deportivamente en la ciudad se quiebra emocionalmente por quedarse afuera de un clásico, a los diez minutos de partido, por un golpe involuntario.

A pesar de todo lo que nos pasa, el espíritu amateur sigue siendo algo que nos distingue. Quizás un buen punto de partida por si alguna vez pretendemos recuperar el fútbol de estas tierras.



Envidia Sana

Convengamos que es una expresión de mierda. Un oxímoron gramatical. Deberíamos resistir tenazmente a combinar palabras como quien combina una camisa a cuadros con una bermuda de baño.

El adjetivo sana denota armonía, equilibro, intregridad física, psíquica y emocional. La envidia no tiene nada de esto. En pos de un deseo de lo ajeno, emergen nuestros sentimientos más viles.

Algunos argumentan que envidiar sanamente es relativo al objeto deseado sin desmerecer a quien tiene la fortuna de poder realizarlo. Y así supuestamente envidiamos sanamente un viaje, o un auto por ejemplo, sin un dejo de maldad. A mí no me cierra.

Envidiar sanamente es quizás una de las tantas formas de simplificar algo que, o bien no se envidia realmente, o bien no sanamente. Dos cadenas de letras condenadas a expresarse de forma consecutiva para decir sin decir.

Envidiar sanamente es Papá Noel. Algo que necesitamos recrear cada vez para reconocer, de modo romantizado, la contradicción de nuestros pensamientos.

Envidiar sanamente no existe.

Hasta que doblo la esquina, y me sorprende un muchacho -de unos treinta, cuarenta y pico - conversando y caminando a paso lento, estrechando el brazo de quien pareciera ser su madre. 

Y me resigno a envidiarlo. Profunda y sanamente.