Tu cuerpo volvió una noche
Y se alzó por los peldaños de los ocasos;
Y se sublevó contra el tiempo.
Y arrebató de los rincones, las certezas.
Y cerró todas las puertas entreabiertas, azuladas.
Lo soplaron las mieles de un calor espeso,
lo transformó la brisa, al convertirlo en lluvia.
Lo trajo la humedad de noviembre,
lo buscó, tanto, un deseo.
Y desgarró mis seguridades;
Y se hamacó suave, en los resortes del silencio.
Y sus manos se hicieron alas, que volaron hábilmente
Y la oscuridad supo, también, hacer puro lo imperfecto.
Los despojos de las dudas lo empujaron entre las sábanas,
las preguntas, sin respuestas, no alcanzaron a reconocerlo;
las contradicciones de los dioses mentaron este reencuentro.
Fui testigo de su carne, testigo soy de su verbo.
Y el compás de su latir se acopló a mis enredos.
Y el perfume de su sexo se adueñó de la habitación
Y navegó, convencido, hasta el naufragio inevitable.
Y entre melodías pasajeras, apagó todas sus luces.
Tu cuerpo volvió,
y se fundió con la noche;
fueron ya una sola cosa,
y nunca más amaneció.
Misa Negra

Ni bien terminó el partido, me di cuenta que la derrota no me había dolido como lo hubiese imaginado unas semanas atrás.
Pensé que los dolores reales, producto de las ausencias que la vida propicia, estaban tapando en mí la amargura deportiva.
Pero con el correr de las horas, cuando de a poco nos fuimos soltando, noté que a muchos nos pasaba lo mismo.
Estas horas tuvieron un desborde de mística, una energía propia de las religiones, de los grandes recitales.
En tiempos de tanta división estéril, sigue siendo un milagro que el fútbol tenga la capacidad de acompasar tantas almas.
Y encontramos en las canciones y en las banderas ese grito común de agradecimiento para los que nos forjaron las pasiones;
esa conexión con los que ya no están.
Porque un estadio de fútbol sigue siendo uno de los pocos lugares donde se abraza a un desconocido, o donde lo podés ver llorar a tu viejo,
ojalá todos los que aman este deporte tengan la posibilidad de vivir lo que sentimos estos días.
Señora de las 9 décadas

Dicen que cuando yo tenía unos meses, y mis viejos se iban a laburar a las seis de la mañana, me dejaban dormido, en su casa, para que ella y mi abuelo empiecen a hacer de mí un niño sobrequerido.
Dicen que cuando nos fuimos a vivir a Buenos Aires, eran ellos los que se tomaban el tren a Miguelete para que los ruidos de la gran ciudad nos aturdan menos.
Dicen que cuando orillaba mis once años, por las tardes me bajaba en su casa después de practicar fútbol, para merendar mermeladas caseras, mientras los caballos corrían carreras en Crónica TV.
Dicen que mi primera adolescencia me encontró los fines de semana durmiendo con ella, cuando el abuelo se fue y había que ahuyentar los miedos.
Dicen que las empanadas de carne no podían faltar, ni las torrejas, ni los buñuelos. Que pasar por la casa de la abuela era siempre una bendición al paladar.
Dicen que para cada materia de la facultad, sus oraciones me empujaron; que para cada malestar estomacal, su receta de limón con azúcar; que entre cada mate, un verso tiene para recitar.
Dicen de su pelo blanco, de su andar ya lento. Dicen de sus tangos, de su sonrisa imborrable, de sus ojos verdes. Dicen que hoy cumple noventa años, y los lleva con estilo. Dicen que carga un dolor, un dolor que compartimos.
Digo que todo es verdad, y espero devolverle a la vida tanto amor recibido.
Cinco vacíos
Mientras Maradona volvía, una vez más,
mientras el fuego del domingo se prendía,
mientras la selección de básquet alcanzaba un mundial histórico,
cinco mujeres fueren asesinadas.
Los amigos se juntaron,
el sol calentó un poco más,
las mesas olieron a familia,
pero cinco de ellas ya no están.
El viernes se hizo lunes,
el descanso no alcanzó,
la rutina volvió a su lugar
y nos faltan cinco mujeres.
Cielo, Navila, Cecilia y Vanesa.
Un cuerpo joven por identificar.
Cinco femicidios en un fin de semana.
¿Hasta cuándo lo vamos a tolerar?
Colón irritable
El fútbol es, hace tiempo, el lugar donde los argentinos nos expresamos de manera más pasional. Alentamos, aguantamos y, por supuesto, somos exitistas al extremo.
En general, creemos que tenemos todo para ganar. Pecamos de optimistas, ignorando que en el fútbol -como en la vida- se pierde bastante a menudo. Y cuando se nos rompe esa ilusión, que tiene una necesaria y sana dosis de infantilismo, nos topamos con la realidad. Pasamos entonces, al segundo paso de nuestra histeria: el momento de buscar culpables.
Siempre nos queda más a mano acusar a alguien, responsabilizar a un otro por el objetivo no cumplido. Es pensar, nuevamente con ingenuidad, que cambiar una ficha moverá todo el tablero.
Así, cada vez que los resultados no acompañan, queremos ver sangre. Alguien tiene que pagar los fracasos, y a menudo se abortan procesos que estaban aún por nacer.
Las discontinuidades son un patrón en nuestro fútbol, que expulsa técnicos como un cuerpo que no puede procesarlos, una sociedad irritada que no tiene los tiempos para digerir pacientemente.
En este sentido, es muy curioso lo que sucede con Colón. Su entrenador lleva conseguido casi el 50% de los puntos es disputa. No es una cifra que muchos entrenadores puedan ostentar. Y si bien el equipo se cae en la tabla de promedios, Colón está por primera vez en su historia a 3 partidos de un título internacional. Es cierto que en el año 98 el club jugó semifinales en la copa conmebol, pero también lo es que tuvo que sortear solamente dos rivales para llegar a esa instancia.
Por otra parte, Colón llegó a octavos de final de la copa argentina, alcanzando su mejor actuación desde que la copa se reeditó.
Estamos pisando el mes de Septiembre y solamente dos clubes pueden jactarse de estar jugando triple competencia: el rojinegro y el multicampeón River.
En tres semanas se jugará, quizás, el partido más importante de la historia en el Cementerio de los elefantes, y resulta increíble que todos nos estemos encargando de no disfrutarlo, de no prepararnos como corresponde.
Si Lavallén dejase su cargo, vendría otro entrenador que diría que no ha elegido estos jugadores, que necesita tiempo para trabajar y volveremos a empezar, a dar vueltas en círculo, cometiendo además una gran injusticia con quién nos colocó en este lugar con sólo cinco meses al frente del plantel.
Es tiempo de sostener, de ser predecibles. No se puede vivir en el vértigo y el frenesí. Al menos si se pretende sinceramente no repetir errores. Debemos estar todos a la altura de una instancia tan importante. Jugadores, Dirigentes, Cuerpo Técnico, Medios de Comunicación e Hinchas. Es momento de sumar, de contribuir cada uno desde su lugar, para vivir de la mejor forma un momento único del fútbol santafesino.
El domingo tiene que reventar la cancha, y más allá de lo que suceda, el Mineiro nos tiene que encontrar unidos.
Es tiempo de alentar hasta el cansancio. Este 2019 la música todavía suena y no sabemos cuando nos van a prender las luces porque la fiesta se empiece a terminar. Ya habrá tiempo para sufrimientos. Mientras tanto, que Colón sea todo el año carnaval.
Miradas
El albañil, la espalda dura.
Las manos blancas de la cal.
El agua fría, esperándolo en la ducha.
¿Hay lugar en su balde para sueños de mares?
¿Hay espacio en sus hombros cansados para playas de arenas blancas?
Dos nenas, rogando monedas en cada semáforo.
Sus manos jóvenes, ya zurcadas por la tierra y la desigualdad.
Su pelo, desprolijo, golpeándoles la cara.
Un paisaje sin pelotas, ni muñecas.
La mirada esquiva, ausente.
Verde de nuevo.
¿Qué flores podrán imaginar para colorear sus jardines?
¿Quién les hará escuchar a María Elena Walsh?
Ella camina con bastón blanco,
espera largos minutos a que le cedan el paso,
tropieza con cada baldosa rota, y con tanta indiferencia;
en cada esquina choca con la ausencia de rampas y solidaridad.
¿Sería mejor que viera en qué estamos ocupados?
El viejo que se muere en un asilo,
perfuma su pañuelo, mientras sintoniza la radio todas las mañanas;
solo se duerme, solo se levanta.
¿A qué valor llega su riesgo país?
¿Le interesa a cuánto cotiza el dólar hoy?
20 de Julio

Ni se te ocurra pensar que, por estas horas, te voy a escribir para rendir honores a eso que llaman amistad, el más puro de los rótulos.
Ni se te ocurra pensar que voy a encuadrar nuestra relación para que se regocijen los que se creen dueños del marketing y las fechas comerciales.
Ni se te ocurra pensar que las palabras alcanzan; y que las voy a usar para definir y así limitar lo que cada día tiene un color nuevo.
Ni se te ocurra pensar que le voy a poner un título, para que los demás comprendan lo que, a veces, nosotros no podemos.
Ni se te ocurra pensar que voy a categorizar, a enmarcar cada abrazo, cada minuto compartido.
Ni se te ocurra pensar que tiene un nombre conocido, eso que nos une cada vez que se te cae una sonrisa, y me desborda; o cuando una desubicada lágrima se atreve a dejarse ver y me desespera.
No, ni se te ocurra pensar que las letras pueden explicarlo.
Ni se te ocurra pensar que deseo algo distinto a que hoy, como siempre, vivas el más feliz de los días.
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