Pero



Casi llegaba a creer que el pasado rimaba con tu nombre,

pero hoy los jazmines se abrieron blancos, incandescentes.

Y se miraron con el sol, 

en la complicidad de quienes saben que somos ciclos.


Sin quererlo, ya me sentía acostumbrado a los desvelos sedientos

pero tu cuerpo emerge desde el fondo de los mares,

y cubierto por las sales 

me invita a liberarme de todas las amarras. 


Algunas mañanas forjaba la convicción del necesario desencuentro,

pero en las madrugadas me impregnan tus jugos más tibios,

aunque sigo ignorando si es el recuerdo de su olor,

o el olor de su recuerdo.

  

Podía afirmar que me estaba amigando con tu ausencia,

pero en silencio me asaltan tus besos cohesionados,

y se encadenan uno tras otro,

para aprisionar solo un deseo. 


Las certezas sobre las que caminaba  me hacían sentir blindado,

pero al mínimo intersticio me sorprende la tensión de tu piel

que pretende desafiar al tiempo y dejar latiendo

la sincronía de nuestro sexo.



 

Només tens una vida (Tienes una sola vida)


Este 2020 que se nos va quedará en el recuerdo de muchos como un tiempo raro, injusto, contradictorio. Quienes no han sufrido golpes en términos sanitarios, los han padecido en materia económica, aunque lógicamente siempre haya en el planeta algunos afortunados capaces de salir fortalecidos en cualquier situación, incluso una pandemia mundial. No es el caso de Messi, que -aparentemente- teniéndolo todo, tuvo un año que querrá dejar atrás rápidamente.

Después de otra Liga de Campeones donde el Barsa fue apabullado, el diez catalán cometió una inocente herejía: anunciar su voluntad de salir del club, confiando en la palabra empeñada por un dirigente en tiempos de pandemia. Sólo quien desconoce (o quisiera desconocer) el rol puramente mercantilista de un presidente de club europeo podría interpretar que lo iban a dejar irse fácilmente. Quizás Leo no lo sabía o quizás tan sólo imaginó que el club de su vida no iba a pelearse por estropear su deseo. Se equivocó.

Desde mediados de 2020 y hasta mediados de 2021, Messi jugará en el Barcelona sin tener ganas de hacerlo. Siendo el rosarino el mejor jugador de esta tierra, el que más salario gana, el que más ingresos genera por publicidad e imagen, perdió la pulseada ante un empresario de poca monta que renunció a su cargo semanas después del litigio. El verdadero poder no está dentro del campo de juego. Bartomeú y la corporación que lidera se lo hicieron saber.

Sin embargo, Lionel podría haber disputado un poco más su situación legal realizándole juicio al club que le abrió sus puertas en su niñez para que juege y pueda llevar a cabo su tratamiento. Messi decidió así renunciar a su legítimo reclamo, privilegiando su amor azulgrana frente a una salida conflictiva.

Hace unos años, también por esas tierras, Merlí le decía a un depresivo estudiante: Només tens una vida (Tienes una sola vida) para que así no la desperdicie. El joven Iván Blasco aprendía la lección y le dijo exactamente lo mismo a su profesor para que no malgaste su tiempo intentando reanimarlo. Una vida tenían ambos, como cada uno de nosotros, como el mismísimo Messi. Un año de esa vida la pasará en un lugar que él no quisiera.

Semejante hecho debería servir para que un pelotazo nos remueva las ideas. Aún siendo un todopoderoso en un campo de juego, quienes manejan la redonda son los dueños del capital. Y aún jugando en la elite de este deporte, tentado de posibilidades y de comodidades, se puede sentir la pertenencia y el amor por los colores. Porque, a pesar de todo, la pelota sigue sin mancharse.


1960


Sin soltar el cuerpo de la mujer, buscó en el bolsillo de su camisa y encontró el pañuelo celeste para secar la transpiración de su frente. Llevaba más de seis horas trabajando y la humedad que siempre traía los fines de octubre complicaba las cosas. El doctor Viñuela había llegado la tarde anterior con la impoluta presencia que le conferían su pantalón oscuro, zapatos brillosos y maletín de cuero, ahora marcados por la tierra.

Los restos de leña roja todavía se respiraban en el aire y se confundían con las delicias del chorizo con grasa saboreado en la víspera. Aunque intensos, la mujer apenas podía percibirlos concentrada en soltar el aire con dolor, en empujar su vientre con esmero. Su hermana, novata en estas situaciones, navegaba en nervios. Aunque había viajado para cuidar de su sobrina y transmitir calma, no paraba de rezar y persignarse. Cada vez más frecuentemente dejaba corriendo la habitación estrecha para cruzar todo el terreno y evacuar en la letrina todos sus temores.

Desde lejos se escucharon los pasos de un caballo que se iba deteniendo. Tras unos segundos de silencio, sonaron las palmas repetidamente. El marido ajustó sus tiradores y salió para volver a los quehaceres cotidianos. En la entrada de la cremería el carro jardinera estaba a tope. Con paciencia y tenacidad fue transportando en sus hombros cada uno de los tachos con más de veinte litros de leche recién ordeñada. A sus casi cuarenta años, sabía sobradamente disimular su cansancio. Caminó una y otra vez hasta el barril de descarga, sin separar sus sentidos de lo que acontecía en el cuarto contiguo.

Mientras completaba el libro de planillas con minuciosidad, lo sorprendió un murmullo que se transformó en grito y lo hizo avanzar con apuro hasta la habitación. Entró y miró a su mujer, quien desde su delgadez incipiente le devolvió una sonrisa cansada y plácida. Su hija observaba atónita, asomada desde la puerta. Viñuela le extendió la mano y lo felicitó por ser padre del primer varón de la familia. Atrapado en una lluvia de emociones se acercó hacia el recién nacido, le acarició la mejilla y con el hilo de voz que le quedaba le dio la bienvenida a José Luis.

Positivo


Mientras Xiang Wang y Li Zhao hacían el amor como lo hacen las parejas recién casadas en su luna de miel, mientras sus bocas confundían el sabor del goce con los restos de un delicioso Ban Mian, mientras aprovechaban la última noche de su travesía por toda Italia, la noticia había comenzado a circular.

Filippo era el responsable de limpieza del hotel y se encargó de que nada quede fuera de lugar ese martes. Apuró en terminar su jornada, y después de una porción de pizza callejera, llevó la noticia y su ilusión hasta la estación de tren que lo dejaría en Milano para que su Atalanta viva otra notte magica.

Las manos y las lágrimas de Marta y Alicia se entrelazaron en el aeropuerto. Su amistad se ponía en pausa porque la primera volvía a Brasil antes de que las fronteras se cierren. El doctorado podía esperar, porque la noticia ya circulaba entre ellas.

Cada vez más verdes. El milagro de los avances biotecnológicos había logrado en los últimos veinte años completar el proceso de maduración de las bananas dentro de un camión. Las atmósferas modificadas lograban la alquimia cromática de ingresar frutos marcadamente verdosos en Salvador de Bahía y entregarlos algo amarillentos en Uruguay, Paraguay y Argentina. Así lo sabía Edson, cuando una  madrugada de mayo puso marcha a su acoplado por la BR-285. Con la compañía del estéreo, cigarrillos y una tos que iba en ascenso, sabía que en tres días volvería a casa con su vehículo descargado. Las frutas y la noticia llegarían a destino.

Buenos Aires había dejado de ser una ciudad amigable para vivir. (¿Lo había sido alguna vez?). El vértigo, la intolerancia y el desprecio por el otro no eran propiedad exclusiva de una clase política. Sin embargo, las mismas razones que convertían a la capital en un caos, eran las que fundamentaban hoy su presencia por esas tierras. Teresa sabía inequívocamente que el precio que conseguía en el barrio de Once para la ropa de su negocio era mucho menor que en los pagos santafesinos. Por eso, cuando agosto flexibilizó la cuarentena se fue en su auto particular a buscar la postergada mercancía. Trajo en total doce pesadas bolsas de consorcio. Y una noticia que le hizo doler el cuerpo.

Entre el sanatorio y la clínica Roxana tenía cuarenta minutos. Los aprovechaba para buscar ofertas en cualquier rubro que se convertían automáticamente en los próximos regalos de familiares y amigos. Casi sin saberlo, como tantas otras personas, ella recibió la noticia. 

Hay quienes se enteraron en las terapias intensivas; otros se sorprendieron en los geriátricos. A algunos los encontró en sus ranchos, a otras en sus departamentos. Aunque la noticia se sepa, ya no todos están para contarla. A muchos se la dijo un médico, a pocos una voz en el teléfono.  A mí me la contó un whatsapp en la  mañana de este 23 de septiembre.



Trotsky


Después de liberar la Unión Soviética
Después de empoderar a millones de trabajadores ,
Después de conquistar a Frida,
Después de vivir y morir con Natasha
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El viejo Trotsky apagó su voz lejos de su casa, lejos de su frío,
lejos de su perro amado,
lejos de sus hijos asesinados en la Gran Rusia.
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Opositor al totalitarismo Stalinista creciente se convirtió en exiliado y culpable de casi todo. Pudo refugiarse en Mexico, cuando todos los países europeos -capitalistas y comunistas- le negaron asilo, por finales de la década del ‘30.
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Sin embargo, la mano que empuñaba el piollet que le abrió la cabeza cruzó dos continentes para arrancarle la vida y las ideas emancipadoras.
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Convencido hasta la tozudez, Leon Trotsky creía que “La propiedad del Estado se hacía socialista a medida que dejaba de ser propiedad del Estado". Y no se lo perdonaron.
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Consciente del peligro que lo acechaba, escribió caudales sobre el capitalismo que nos tocaría. Y tuvo razón.
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Su testamento fue, quizás, un poco optimista: ‘La vida es hermosa. Que las futuras generaciones la libren de todo mal, opresión y violencia..’
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En 2016, junto a @santigon86, tuve el gusto de poder conocer la casa donde pasó sus últimos días, e incluso conocer a su nieto -convertido en anciano-, testigo ocular de su muerte.
El lugar pasa inadvertido para turistas y autoridades. Paradójicamente, ser trotskista suele tener connotaciones peyorativas en nuestras tierras.
Olvido y ensañamiento. Dos características que casi siempre la historia le asigna a algo que fue razonablemente bueno.

Filos


 El vaso transpiraba la mesa de madera, y dejaba ya cinco desalineados círculos de humedad. Ramiro bebió el último sorbo y fue por una botella más a la heladera. No era que tuviera sed, pero la cerveza sabía disimularle las tristezas.

Desde su silla, escuchó el ronquido de su madre en una casa donde habitación, baño y comedor eran casi una sola cosa. A sus mozos veinticuatro, sentía en su cuerpo y en sus emociones algunos sinsabores de la vida: unas horas antes su hija Luz había alcanzado su quinto cumpleaños y a Ramiro todavía le dolía que los festejos fueran tan distintos a lo imaginado.

Él lo había calculado todo: con su paga de los primeros días de la semana, más algún ahorro bien escondido, llegaría a alquilar algún inflable infantil y podría adelantar el pago de aquel peluche con que la pequeña se ilusionaba cada vez que compartían noches de televisión en los días de visita estipulados. Por eso, sintió que un cuchillo le atravesaba de lleno en sus proyectos cuando el domingo recibió el mensaje del patrón diciendo que no lo necesitaría esta semana.

Ideó un plan alternativo para salvar la ropa. Bien el lo sabía. Cuidar coches no era ni por asomo tan generoso como dar una mano en la verdulería. Sin embargo, madrugó todavía un poco más de lunes a miércoles y pedaleando tenazmente su bicicleta consiguió ahorrarse la fortuna que salía viajar en el 15 hacia y desde el centro de la ciudad y arropar lo suficiente para un regalo merecido.

Luz abrió grande sus ojos y besó a su padre generosamente al despedazar el papel que envolvía la docena de pinturas multicolores y maquillantes. No tuvo la misma aprobación por parte de su ex mujer, de quien Ramiro seguía peligrosamente enamorado -en realidad, sus últimos tiempos, habían sido de reiteradas desaprobaciones-.

Cuando Mariana le dijo que quería separarse fue mucho menor la sorpresa que cuando comenzaron a trascender los rumores de su nuevo compañero. En el barrio no se perdonaban los descuidos amorosos, y él sentía que la había descuidado. Aunque esa no era una definición precisa: no era a ella el único vínculo que él había desatendido descargando cajones de frutas y verduras, desde bien temprana la mañana hasta bien entrada la tarde. Sus amigos de la vida, la visita a sus siete hermanos y la ambición de ser un carpintero autónomo fueron sacrificios a los que también accedió para sobrevivir y asegurarle a Luz comida, algo de ropa y útiles escolares.

Por eso en noches como esas lo atormentaban pensamientos muy oscuros, y a pesar del alcohol que no lograba su pretendido efecto analgésico, apoyó la cabeza sobre sus manos llenas de lágrimas y pensando si alguna vez podría esquivarle a esa desoladora sensación que olía a futuro incierto, y ya había perseguido en estas tierras a sus padres y abuelos, se quedó dormido.


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Belén dejó caer placentera y pesadamente el último chorro de agua caliente sobre su espalda estrecha. Disfrutaba del baño como de ningún otro lugar de la casa, y para ella, desde hace tiempo, la ducha tenía una significación dual: por un lado, el tiempo relajado y necesario para desacoplar el estrés diario de su cuerpo; por otro, el espacio destinado para sus polvos más furiosos, recoveco de sus fantasías más variadas, nunca exentas de las dosis de amor bien recomendadas. Cavilando, secó su piel con minuciosidad hasta que el timbre repetido indicó que sus amigas estaban afuera.

Sus comidas de sábado al mediodía eran cita obligada. En general, repetían casa y menú, por lo que esta vez habían decidido dar un giro gastronómico y entre todas tirar un pedazo de carne a la parrilla. Su abuela le había dicho que nunca tenía que aprender a asar. Ella siempre recordaba este consejo como un resabio de machismo, una visión algo retrógrada que alejaba a las señoritas del fuego. Tiempo después intentó recuperar con más certeza aquellas palabras. "Nunca aprendas a hacer un asado. El día que lo hagas, ya no vas a tener el privilegio de que te cocinen, por lo menos los fines de semana", fue lo que más pudo traer del recuerdo del recuerdo, y ahora con un poco de bagaje en sus hombros contracturados encontraba en aquella frase una interpretación sorora, denotando que la única labor doméstica que los varones de la familia habían sabido encontrar con generosidad era al frente de las brasas.

La anfitriona daba las indicaciones y el equipo funcionaba coordinadamente. Paula y Eugenia avivaban las llamas moviendo a toda velocidad las últimas revistas rescatadas del cajón del mueble. Romina armaba una pirámide perfecta de carbones y Sofía condimentaba el prometedor pedazo de vacío. Un poco de alcohol le vino muy bien a cada uno de sus vasos y a la combustión incipiente. 

Belén tenía la habilidad de sentarse sobre sus talones en una silla. Mucho más que eso, ella pensaba que los mortales se dividían en quienes podían alcanzar esta posición sin sufrirla y quienes no. Lejos de pretender clasificar a las personas según su destreza física, ella consideraba que su postura -casi acrobática- era solamente abordable por aquellos y aquellas que tuvieran la suficiente soltura y libertad mental y que el cuerpo solamente era un reflejo de ello.  Desde su silla, con su torso inmutable, le pidió a Euge que le alcanzase la cuchilla gigante y negra guardada junto a los cubiertos.

Sus últimos meses habían sido turbulentos emocional y económicamente, y su principal efecto colateral era la consagración de su reciente novio en socio. En realidad, ella se encargaba de la parte contable de la verdulería céntrica mientras él, junto a algún ayudante ocasional, se encargaban de la atención al público y logística de mercadería. Belén era absolutamente consciente de que buena parte de su inversión habían tenido como destinataria a esa cuchilla importada que abría melones y zapallos con solo mirarlos fijamente. Por eso no le sorprendió la reacción de su estómago anudado cuando Eugenia no pudo dar con su paradero. Después de revolver todo infructuosamente,  y cuando lo único que quedaba de un asado espléndido eran cenizas, ella llamó a su incipiente compañero de proyecto comercial y amoroso. Él lamentó el extravío un poco más todavía. Porque sabía que implicaba una decisión inmediata para la próxima semana: tenía que optar entre comprar una nueva Tramontina  o contar con su último empleado informal. Y el filo resultaba imprescindible.

 

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Daba vueltas en su sommier, se quedaba mirando el ropero, el techo o la pared; cambiaba entre sus almohadas viscoelásticas. Pero no había caso. El sueño se había escurrido otra vez de su cuerpo. Había formulado diversas y rebuscadas teorías sobre su recurrente insomnio desde la adolescencia. Sin embargo, ninguna lo convencía. O más precisamente, ninguna le permitía identificar unívocamente el motivo de su vigilia, de modo de que fuera más sencillo erradicarlo por completo.

Gastón había dejado de leer textos complejos u oscuros antes de irse a dormir; había probado con un té doble de tilo, con un vaso de leche caliente, o medio de vino; había intentado ejercitar pausadamente su respiración, hacer actividad física tres veces por semana, llevar una vida sexual intensa, escuchar música con ondas delta. Siempre con el mismo resultado negativo. 

"El problema lo tenés ahí arriba", le decía su padre señalándole la cabeza, cuando los domingos intercambiaban el saldo de sus semanas y un virtuoso almuerzo. Gastón sospechaba de la razón de su padre, aunque se rehusaba a solucionarlo de un modo farmacológico. Sus propios limites en la automedicación le permitían un leve míorelajante en la más extrema de las situaciones. Por eso mismo, las madrugadas solían encontrarlo de pie, caminando -y siempre pensando- en su cómodo departamento.

A veces sentía a tal punto su pulsión por el control que pensaba que dejar los elementos de la cena sin lavar o la puerta abierta de un mueble eran enemigos de su descanso. Le dejaban una sensación de intranquilidad, de cosa sin terminar, de tarea pendiente para un mañana. Como si su cerebro le ordenase dar cierre a todo lo posible antes de permitirse descansar. Y Gastón se había decidido más a enfrentarlo que a obedecerle en el último tiempo. Así era entonces que las ollas se acumulaban en la bacha de su cocina, las compras yacían fuera de la alacena, la ropa adornaba las sillas de su habitación. Hasta que un día, cansado de no dormir, acataba dócilmente y comenzaba a poner las cosas en su lugar. 

Justamente, en una de esas noches, mientras su teléfono lo acompañaba con la bossa de Tom Jobim, que decidió hacer de la cocina un mejor lugar para vivir. Comenzó con los paquetes de galletitas dulces,  yerba y azúcar trasvasándolos a frascos coloridos. Siguió con las especias, que adquirían mejor color en sus exactos recipientes de vidrio, y cuando se topó con la bolsa de frutas y verduras que permanecía en la mesada desde la semana anterior, metió la mano sin notar que su dedo índice se toparía con un cuchillo gigante y afilado y le generaría un corte menor, pero suficiente para un insulto fuera de hora. Su piel ya había sanado cuando diez días después encontró tiempo para caminar dos cuadras hacia la verdulería.

La gloriosa

¿Dónde se guardan los recuerdos tejidos en el patio de una escuela?
¿Dónde duermen las enseñanzas que brotaban de cada aula?


Quizás sean nuestros oídos, dueños de tanto pasado idealizado, cada vez que se escucha la canción donde el azar nos reúne.
Tal vez sea en nuestras manos, víctimas de un rigor exagerado, por repetir arcaicamente tanta caligrafía técnica.

Podría ser en los bolsillos, como ese conjunto de monedas que se convertían en facturas, cada recreo de las 8:20.
Podría ser en los ojos, que alguna vez abrigaron esa ilusión adolescente, después de un inesperado cruce de miradas en el patio.

Se llevan, probablemente, en la mesa familiar cuando hermanos, madres y primos pueden hablar con desmesurado orgullo de «L'Industrial».
Vibran, eufóricos y desacompasados, en esos lugares donde nos lleva el andar y la amistad sigue siendo el lema.

Se llevan, una parte, en la sangre cuando nos reconocemos hijos de la educación pública de calidad.
Se mueven cuando el pecho se infla, al contar que un puñado de docentes logró frenar los embates menemistas, para que la escuela siga siendo técnica.

Van resonando, de a partes, en nuestras mentes, cuando recordamos esas palabras de algún profesor que se animaba a salirse del programa, y nos dejaba algún secreto para el camino a transitar.
Van rebotando en nuestro cuerpo todo, que en seis años sufrió las más drásticas transformaciones, dejando atrás la niñez para asumir la pertenencia a un mundo hostilmente hermoso.

Pero indudable y completamente, se alojan en el corazón cuando no es difícil recordar a un director que fue consultado sobre por qué no había denunciado ante la policía los desmanes que sus alumnos -recientemente egresados- solían realizar con creciente efusividad.
"¿Cómo podría hacer eso? ¡Son como mis hijos!", respondió Jorge Basílico.