Ex niño

 

Hoy no amanecí. Aunque así decirlo no sería estrictamente preciso. Una parte mía hoy se incorporó, desayunó, se lavó los dientes y se vistió para dar comienzo a otro día laboral. Pero otra parte, que me acompañaba desde siempre y hasta ayer, se quedó durmiendo, en un letargo infantil y profundo.

Muchos años después de que Papá Noel me confirmara su inexistencia creí que ese había sido el punto a partir del cual mi niñez estaba terminada. El mundo irreal que tramaba Santa Clauss junto a los Reyes Magos y el Ratón Pérez se había desplomado en minutos, desplazando la fantasía y el contacto con los semidioses por una vida más mundana y tangible.

Hoy que amanecí con esta carencia, que siento en la piel tanto el frío de mayo como el color de la ausencia, propia e incipiente. Hoy creo, que asisto al final de mi segunda y última infancia, esa que no enarbola superhéroes ni se proyecta en paisajes de ciencia-ficción; esa que no concilia el descanso rápidamente ni se refugia en el ocio, pero que consiste en la existencia de alguien que nos siga viendo como tales; un otro o una otra que registre nuestra niñez, con su inalienable fragilidad. Que se preocupe por si comimos, si nos visitamos, si llegamos tarde o si noviamos.

Hoy amanecí por la mitad, y me parece que eso que perdí, que se me cayó desde adentro, se lo lleva el último de nuestros abuelos vivos.

Luego llueve





Estoy en pensando en la lluvia,

como la piensa la tierra sedienta;

como la piensan los campos surcados, 

ávidos de la cosecha.


Estoy pensando en la lluvia,

como esa excusa para el faltazo escolar,

como el guiño de la suerte a un remisero,

como el grito herido de los barrios inundados.


Estoy pensando en la lluvia

como se piensa en las acacias o en los colibríes;

como se piensa en un día cualquiera,

en un veinte de mayo o en un trece de noviembre

audaz, copioso.


Estoy pensando en la lluvia como verdad absoluta,

como prueba inequívoca del contacto con los dioses imaginarios,

una ofrenda de la naturaleza hacia la humanidad.


Estoy pensando en la lluvia como música que acompaña

a los cuerpos que se buscan, se reconocen y se encuentran

enredados entre las siestas y las sábanas,

urgidos de placer y calma.


Estoy pensando en la lluvia como un observador;

con sus contradicciones y sus certezas gravitatorias,

como un tercero, ajeno a la escena,

intérprete involuntario añadido a su paisaje.


Ilusos


Nos ilusionamos, cíclicamente.

Nos ilusionamos, conscientes de que cada intento arrastra una contundente posibilidad de desilusión.

Nos ilusionamos con optimismo, reconociendo las carencias, aferrados más a la voluntad que al juego.

Nos ilusionamos sabiendo que toda ilusión es una forma de engaño a los sentidos, un artilugio al que recurren los magos para hacernos creer que algo está donde no; que algo se ve donde no.

Nos ilusionamos porque un mago juega para nosotros. Y lleva puesta la diez.

Nos ilusionamos en honor a tiempos mejores, que sabemos no volverán.

Nos ilusionamos en nuestra condición humana y necesitamos creer; confiar nuestras esperanzas en algún dispositivo que asegure que el futuro será mejor.

Nos ilusionamos cada vez que nuestro niño interior nos indaga por los sueños de potrero y campeonatos.

Nos ilusionamos con estar ilusionados, con darle algún sentido al tiempo que nos mira indiferente.

Nos ilusionamos pretendiendo que los días que nos separan del siguiente partido transcurran con ansiedad y angustia, alejados de la rutina gris que nos aliena.

Nos ilusionamos como mecanismo de defensa, como resistencia a un presente mediocre de pelotazos sin destino.

Nos ilusionamos y seguimos encontrando, contra viento y marea, motivos para ilusionarnos.

Nos ilusionamos, después de todo, para sentirnos vivos, un poco más vivos, hasta el próximo silbato. 



Menem lo hizo


No me exijan que aborde su muerte de forma protocolar y respetuosa, porque después de cien años de historia ferroviaria, nuestros trenes siguen en los galpones con las vías oxidadas y los pueblos aislados de la producción y el desarrollo.

No me pidan que escriba desde la corrección política, porque basta con asomar un pie en la calle para advertir que todavía no fuimos capaces de resolver muchos de los males menemistas. Un modelo de país importador, que detuvo el andar de miles de fábricas y expulsó del sistema a millones de trabajadores y trabajadoras. 

No pretendan que las letras queden a media asta cuando la deuda externa sigue achicando las porciones en los barrios y los bancos privatizados durante su gestión no son capaces de otorgar líneas de crédito blandas para reactivar las industrias.

No me obliguen a tipear estas líneas dentro de unas horas, alejadas de las condolencias y la sacralidad que nos envuelve en cada luto, cuando la muerte nos salpicó en la AMIA, cuando Río Tercero voló por los aires.

No busquen conmoverme con cintas negras cuando la cámara de José Luis Cabezas quedó oscura para siempre.

No recurran a argumentos de racionalidad, mientras
los científicos fueron mandados a lavar los platos.

No me fuercen a pertenecer a una sociedad europea, y rescatar las investiduras presidenciales con la institucionalidad que amerita el caso, cuando se gobernaba con estilo de celebrity, desde la superficialidad, la ostentación y el machismo.

No me manden a la estratósfera  si Carlos se fue siendo Senador Nacional, doblemente condenado por la justicia pero sin que Dios y la Patria lo demanden. Quizás deberíamos empezar a hacernos cargo nosotros.



Pero



Casi llegaba a creer que el pasado rimaba con tu nombre,

pero hoy los jazmines se abrieron blancos, incandescentes.

Y se miraron con el sol, 

en la complicidad de quienes saben que somos ciclos.


Sin quererlo, ya me sentía acostumbrado a los desvelos sedientos

pero tu cuerpo emerge desde el fondo de los mares,

y cubierto por las sales 

me invita a liberarme de todas las amarras. 


Algunas mañanas forjaba la convicción del necesario desencuentro,

pero en las madrugadas me impregnan tus jugos más tibios,

aunque sigo ignorando si es el recuerdo de su olor,

o el olor de su recuerdo.

  

Podía afirmar que me estaba amigando con tu ausencia,

pero en silencio me asaltan tus besos cohesionados,

y se encadenan uno tras otro,

para aprisionar solo un deseo. 


Las certezas sobre las que caminaba  me hacían sentir blindado,

pero al mínimo intersticio me sorprende la tensión de tu piel

que pretende desafiar al tiempo y dejar latiendo

la sincronía de nuestro sexo.



 

Només tens una vida (Tienes una sola vida)


Este 2020 que se nos va quedará en el recuerdo de muchos como un tiempo raro, injusto, contradictorio. Quienes no han sufrido golpes en términos sanitarios, los han padecido en materia económica, aunque lógicamente siempre haya en el planeta algunos afortunados capaces de salir fortalecidos en cualquier situación, incluso una pandemia mundial. No es el caso de Messi, que -aparentemente- teniéndolo todo, tuvo un año que querrá dejar atrás rápidamente.

Después de otra Liga de Campeones donde el Barsa fue apabullado, el diez catalán cometió una inocente herejía: anunciar su voluntad de salir del club, confiando en la palabra empeñada por un dirigente en tiempos de pandemia. Sólo quien desconoce (o quisiera desconocer) el rol puramente mercantilista de un presidente de club europeo podría interpretar que lo iban a dejar irse fácilmente. Quizás Leo no lo sabía o quizás tan sólo imaginó que el club de su vida no iba a pelearse por estropear su deseo. Se equivocó.

Desde mediados de 2020 y hasta mediados de 2021, Messi jugará en el Barcelona sin tener ganas de hacerlo. Siendo el rosarino el mejor jugador de esta tierra, el que más salario gana, el que más ingresos genera por publicidad e imagen, perdió la pulseada ante un empresario de poca monta que renunció a su cargo semanas después del litigio. El verdadero poder no está dentro del campo de juego. Bartomeú y la corporación que lidera se lo hicieron saber.

Sin embargo, Lionel podría haber disputado un poco más su situación legal realizándole juicio al club que le abrió sus puertas en su niñez para que juege y pueda llevar a cabo su tratamiento. Messi decidió así renunciar a su legítimo reclamo, privilegiando su amor azulgrana frente a una salida conflictiva.

Hace unos años, también por esas tierras, Merlí le decía a un depresivo estudiante: Només tens una vida (Tienes una sola vida) para que así no la desperdicie. El joven Iván Blasco aprendía la lección y le dijo exactamente lo mismo a su profesor para que no malgaste su tiempo intentando reanimarlo. Una vida tenían ambos, como cada uno de nosotros, como el mismísimo Messi. Un año de esa vida la pasará en un lugar que él no quisiera.

Semejante hecho debería servir para que un pelotazo nos remueva las ideas. Aún siendo un todopoderoso en un campo de juego, quienes manejan la redonda son los dueños del capital. Y aún jugando en la elite de este deporte, tentado de posibilidades y de comodidades, se puede sentir la pertenencia y el amor por los colores. Porque, a pesar de todo, la pelota sigue sin mancharse.


1960


Sin soltar el cuerpo de la mujer, buscó en el bolsillo de su camisa y encontró el pañuelo celeste para secar la transpiración de su frente. Llevaba más de seis horas trabajando y la humedad que siempre traía los fines de octubre complicaba las cosas. El doctor Viñuela había llegado la tarde anterior con la impoluta presencia que le conferían su pantalón oscuro, zapatos brillosos y maletín de cuero, ahora marcados por la tierra.

Los restos de leña roja todavía se respiraban en el aire y se confundían con las delicias del chorizo con grasa saboreado en la víspera. Aunque intensos, la mujer apenas podía percibirlos concentrada en soltar el aire con dolor, en empujar su vientre con esmero. Su hermana, novata en estas situaciones, navegaba en nervios. Aunque había viajado para cuidar de su sobrina y transmitir calma, no paraba de rezar y persignarse. Cada vez más frecuentemente dejaba corriendo la habitación estrecha para cruzar todo el terreno y evacuar en la letrina todos sus temores.

Desde lejos se escucharon los pasos de un caballo que se iba deteniendo. Tras unos segundos de silencio, sonaron las palmas repetidamente. El marido ajustó sus tiradores y salió para volver a los quehaceres cotidianos. En la entrada de la cremería el carro jardinera estaba a tope. Con paciencia y tenacidad fue transportando en sus hombros cada uno de los tachos con más de veinte litros de leche recién ordeñada. A sus casi cuarenta años, sabía sobradamente disimular su cansancio. Caminó una y otra vez hasta el barril de descarga, sin separar sus sentidos de lo que acontecía en el cuarto contiguo.

Mientras completaba el libro de planillas con minuciosidad, lo sorprendió un murmullo que se transformó en grito y lo hizo avanzar con apuro hasta la habitación. Entró y miró a su mujer, quien desde su delgadez incipiente le devolvió una sonrisa cansada y plácida. Su hija observaba atónita, asomada desde la puerta. Viñuela le extendió la mano y lo felicitó por ser padre del primer varón de la familia. Atrapado en una lluvia de emociones se acercó hacia el recién nacido, le acarició la mejilla y con el hilo de voz que le quedaba le dio la bienvenida a José Luis.